Ahí viene el ómicron a aguarnos las fiestas

Aguar

“La otra cuestión es si al cabo de dos años de lucha cuesta arriba contra la pandemia, aún nos queda algo por aprender de ella. Algo que de veras nos ayude a doblegarla. Francamente, lo dudo. Porque una moraleja obvia era que debíamos y seguimos debiendo compartir con países menos afortunados no solo la vacuna, sino también la tecnología para fabricarla”.
Como al que no quiere caldo le dan dos tazas y todo eso, se nos viene encima una nueva variante del virus. Me gustaría decir te lo dije. Pero me ahorraré el sermoncito, que de nada sirve a estas alturas. El asunto es que era previsible. Porque mientras en Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá y otros países “avanzados” librábamos una guerra con los inefables “anti-vaxxers”, nada o poco nos preocupábamos por lo que pasaba en los países en desarrollo. O, mejor dicho, lo que no pasaba en lo que respecta a la lucha contra el covid 19.
En África lo que no pasaba es que hubiera una cantidad adecuada de vacunas. Apenas el seis por ciento de la población africana se ha vacunado completamente, comparado con casi el 70 por ciento en los países desarrollados. Tal vez para acallar las conciencias occidentales, se propagó entre nosotros la versión de que el bicho se había saltado de milagro a los africanos. Pero ya ven ustedes. Resulta ahora que el ómicron, la nueva variante, se detectó en Botswana, prolifera en Sudáfrica y ha hecho acto de presencia en otra media docena de países africanos, antes de visitar al Reino Unido, Holanda, Alemania, Bélgica, Israel y quién sabe qué otros lugares. Precisamente mientras escribo estas líneas me entero de que llegó a las Américas vía Canadá, de modo que ya está en nuestro vecindario.
Como de costumbre, algunos han pegado el grito en el cielo porque se ha vedado el ingreso de pasajeros provenientes de las ocho naciones en las que ya, al parecer, se ha asentado la variante nueva. Por amarga experiencia sabemos que estas vedas no impiden el ingreso y la propagación del virus. Pero también que los gobiernos ganan tiempo, días o semanas, para preparar las condiciones con el fin de combatirlo y darles a los científicos la oportunidad de desarrollar vacunas y otros medios para enfrentarlo. Estoy, por consiguiente, a favor de las prohibiciones temporales de viajes siempre y cuando se basen en hechos concretos – no en especulaciones ni histeria – y en lo que recomienden expertos que no sean políticos, por favor, aunque éstos inevitablemente tomen la decisión final.
La otra cuestión es si al cabo de dos años de lucha cuesta arriba contra la pandemia, aún nos queda algo por aprender de ella. Algo que de veras nos ayude a doblegarla. Francamente, lo dudo. Porque una moraleja obvia era que debíamos y seguimos debiendo compartir con países menos afortunados no solo la vacuna, sino también la tecnología para fabricarla. Pero eso ya lo sabíamos. Lo venían recomendando con carácter de urgencia la Organización Mundial de la Salud, la ONU y no pocos investigadores que sabían que mientras no se desarrolle una inmunidad colectiva digna de ese nombre, seguirán surgiendo variantes del virus letal.
¿Es el ómicron otra versión letal del covid 19? La verdad es que no lo sabemos a ciencia cierta. O sea, los entendidos estudian contra reloj la composición de la nueva variante para determinar cuáles son sus niveles de contagio y peligrosidad. Es probable que no lleguen a conclusiones fidedignas hasta dentro de varios días o semanas. Y que los científicos no logren preparar una dosis de refuerzo para ella hasta dentro de tres meses o más, suponiendo que esto sea factible.
Las dudas surgen porque la composición genética del ómicron es única si se compara con otras variantes que circulan, como la delta. Por eso, la OMS la bautizó como “de alto riesgo”. Eso significa que representa un nuevo linaje. Y que sus mutaciones son múltiples. Que pueden alcanzar 50 cambios – un récord – en el aumento de proteína, la parte del virus que se adhiere a nuestras células mortales. Y eso la hace, en principio, sumamente contagiosa y puede que más difícil de neutralizar mediante una vacuna o un tratamiento antiviral de los que estarían a punto de llegar al mercado.
Por eso, lo recomendable sería tomar precauciones, intensificando la campaña de vacunación en casa y afuera, en los países que se han rezagado, en parte, porque no hemos compartido con ellos suficientes recursos para que vacunen debidamente a sus poblaciones. También, renovar las precauciones de sentido común, como las de usar mascarillas, observar distancias prudenciales y evitar las aglomeraciones. A menudo escucho que el que más y el que menos está harto de esas y otras restricciones. Se comprende. Pero ninguna de esas restricciones es más severa que el caer en un hospital por asfixia o el darse el pire de este mundo antes de lo deseable por no haberse querido o sabido defender del bicho.

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