Bolsonaro lloró en el Rolls-Royce que lo trasladó a la ceremonia de asunción

Bolsonaro lloró en el Rolls-Royce que lo trasladó a la ceremonia de asunción

Bolsonaro

Visiblemente emocionado, Jair Bolsonaro, el flamante presidente de Brasil, se trasladó al Congreso para la jura a bordo de un histórico Rolls-Royce Silver Wraith de 1952, utilizado por primera vez en 1953 para la asunción de Getulio Vargas.

A bordo del descapotable, la pareja presidencial fue hasta el Congreso Nacional, saludado por miles de seguidores a lo largo del recorrido por los costados de la Explanada de los Ministerios.
En el camino hacia la ceremonia que lo transformaría en el 38º presidente de Brasil, Bolsonaro se tomó el rostro varias veces y no ocultó su emoción. Las lágrimas que lo acompañaron durante el recorrido se mezclaron con gestos cómplices hacia sus seguidores que también formaron parte de los momentos previos a su asunción.
El recorrido del Rolls-Royce estuvo fuertemente custodiado por un gigantesco operativo de seguridad como nunca antes visto para una asunción presidencial en Brasilia. Baterías de misiles antiaéreos, helicópteros militares que sobrevuelan el área central de la capital, tanquetas en puntos estratégicos, los principales edificios cercados por alambres de púas, 12.000 policías en las calles y francotiradores de las fuerzas de élite en las azoteas fueron parte de las medidas.

Desafíos que se abren
al borde de la cornisa

Jair Messias Bolsonaro inaugura el primer gobierno de ultraderecha de la corta historia democrática de Brasil. Su imponente victoria electoral le otorga poderes de los que ningún antecesor gozó durante estos últimos cinco años de crisis política. Es natural que se permita soñar.
Lo hace con las espaldas pegadas a la pared y los pies temblantes sobre una estrecha cornisa porque Brasil enfrenta su más severa crisis fiscal. Si Bolsonaro no logra revertirla mediante un corte brutal del gasto público, entonces se verá obligado a devaluar la moneda para financiar el déficit galopante.

Ante sus ojos, hoy se
revelan dos escenarios.

El primero es positivo y tiene un final feliz para el presidente. El guion es así: el gobierno ocupa el noticiero de enero con anuncios de reformas microeconómicas y privatizaciones que animan al capital y empujan hacia arriba la Bolsa de Valores de San Pablo .
El presidente gana tiempo para armar el tablero en la Cámara de Diputados y en el Senado para febrero, cuando empieza el año legislativo en el que el presidente necesita arrancar con la madre de todas las reformas: el sistema de pensiones, agujero negro del gasto público que transfiere rentas de las camadas más pobres de la población hacia las más ricas y por ese motivo ayuda a sedimentar la desigualdad brutal que es marca registrada de la vida pública brasileña.
Con la reforma bajo el brazo, Bolsonaro puede subirse al tanque de guerra que aplanará el terreno de las elecciones municipales de octubre de 2020, termómetro más fiel para determinar cómo se darán las presidenciales de 2022. Lula sigue preso; la oposición, destrozada, y el flamante gobernador de la provincia de San Pablo -aliado de ocasión de Bolsonaro que aspira a desafiarlo desde la derecha- se mantiene en su casilla.
En este escenario, Bolsonaro entrega buenos resultados a cada una de las fuerzas sobre las que está parado: los muchachos de Chicago que controlan el nuevo superministerio de Economía y el Banco Central; los militares, que le dan amparo político (el presidente controla poco más del 10% de los escaños en el Parlamento), y el frente evangélico, que le ofreció capilaridad por todo el país cuando le faltaban dinero, exposición en la televisión y una maquinaria clientelista tradicional.

Ese es el buen escenario
para el presidente. ¿Qué
decir del malo?

Los caminos que podrían llevar a un fracaso son muchos. Pero todos tienen un mismo e infeliz final: sin capacidad de traducir su fuerza electoral en disciplina reformista entre diputados y senadores, Bolsonaro devalúa la moneda para impedir un apagón en el gobierno. La inflación retorna y, con ella, se ensombrecen las perspectivas.
La estructura de una crisis como esa sería distinta de la argentina porque la deuda brasileña está en reales y no en dólares, y el Banco Central tiene un grueso colchón de reservas para quemar antes que las llamas se lo traguen. Pero sería una crisis al fin y al cabo.

Lo que no cambia entre esos dos escenarios son las armas que Bolsonaro utilizará para mantener viva la llama del apoyo popular.
Mano dura en temas de seguridad, luz verde a la policía militar y cambios legislativos para permitir la portación generalizada de armas de fuego. Los especialistas en el tema alertan sobre el baño de sangre que se viene en un país que ya llora 60.000 homicidios por año. El gobierno promete una ciudadanía pacificada por el fuego.

En educación, cambios profundos en los contenidos que se enseñan: “Escuela sin partido” es el título de la cruzada del presidente para erradicar el supuesto “marxismo cultural” y la “ideología de género” que lo contaminan todo.
En política exterior, el tono lo da el nuevo canciller. “Mis detractores me dicen loco por creer en Dios y por creer que Dios actúa en la historia”, escribió hace unos días. “Pero no me importa. Dios está de vuelta y la nación está de vuelta: una nación con Dios y Dios a través de la nación”. Trump , Maduro , Netanyahu y Xi Jinping serán los principales actores de esa trama. Macri no. En este nuevo año, Bolsonaro invita al pueblo a esperar un milagro sobre la cornisa.

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