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El lado salvaje de Colorado

Colorado, Estados Unidos.- Al comenzar una cabalgata, Ray se asegura de que todos los jinetes estén bien afianzados sobre sus caballos, monta a Trueno y guía al grupo entre las montañas sin pronunciar palabra.

En su rancho de Elk River Valley, a las afueras de Steamboat Springs, las Rocallosas son especialmente salvajes. Albergan alces, osos, renos, lobos, gatos silvestres y búfalos, y presentan descensos, cuevas de piedras e interminables extensiones de Ponderosa Pine, árbol típico de la región, que se distingue por un delgado tronco color ceniza y la costumbre de desnudar sus ramas en invierno.

Algunos pájaros cantan y el viento agita las ramas provocando un tintineo de hojas, pero la nieve cubre la tierra en todas direcciones; es un blanco lleno de presagios, que difunde una extraña y absoluta sensación de silencio, soledad e insignificancia.

«Se anula mi mente y recibo el terrible recuerdo de los guerreros que habitaron esta tierra y las poderosas bestias que aún viven en ella», explica Ray.

«Todo esto me hace sentir a merced de una inexplicable existencia sagrada».

A mitad del recorrido, que en tres horas cubre cerca de 15 kilómetros, los caballos empiezan a ponerse nerviosos; resoplan, se alejan de la vía y bajan constantemente la cabeza para arrancar alguna planta, pero no tienen hambre, sólo es un pretexto para retrasar la marcha.

El motivo de su angustia pronto se desvela; al llegar al punto más alto de un collado, surge una amplia y honda sima cuya visión contrasta violentamente con el terreno suave y constante que había caracterizado el ascenso.

Incluso Trueno tiene miedo y se detiene, pero Ray tira de las cuerdas; para evitar el dolor, el caballo avanza cautelosamente, en cámara lenta; los demás caballos lo imitan dubitativos, un mal paso en esa inclinada pendiente puede quebrarles los huesos.

Al poco tiempo el grupo está en el centro de la cavidad y de su temeraria aventura sólo resta un simpático caminito de huellas en la nieve; el temor ha desaparecido, aunque ahora sus ánimos quedan cubiertos por las sombras de un enigma: «¿Qué es este enorme agujero a mitad de la nieve?».

Sin desmontar, Ray cuenta que parece salir de las piedras la historia de una pareja que hace mucho se amó entre un bosque de Ponderosa Pine a mitad de la noche y ella, en el sopor tras el placer, aseguró que el negro de su cabello era más profundo que el del cielo nocturno.

La Luna, indignada por ese atrevimiento, convirtió a los amantes en montañas y las puso frente a frente. Condenada a ver eternamente a su amado sin poder tocarlo, la mujer-montaña lloró tanto que sus lágrimas fueron deslavando todas las piedras hasta que su cuerpo se consumió en el llanto.

Por eso a este hundimiento se le conoce como Pequeña Cavidad de la Mujer Desaparecida, desde donde puede apreciarse, si se mira hacia el sur, una cumbre de las Rocallosas extensa y chata.

«Ése es el amante hombre; él sigue ahí, condenado, pero como no pudo soportar la ausencia de su adorada se quedó dormido; esa montaña es conocida como El Gigante Dormido, y es un gran guardián del mundo vaquero, porque sus formas han estado ahí para los cowboys de todas las generaciones; mi abuelo lo vio, lo verán mis nietos y ahí estarán incluso después de que todos hayamos muerto».

Ray golpea suavemente con su talón el vientre de Trueno y guía a los jinetes por la penosa subida de La Mujer Desaparecida para luego emprender el regreso a casa.

Sueños de primavera

Sara despierta con el alba para alimentar a sus 15 vacas y luego toma fotografías de cómo la luz llena de nacimientos Cows Saloon, su granja a las afueras de Breckenridge.

El tractor, un par de establos, los cuatro graneros, el edificio con los dormitorios, la casita para las 100 gallinas y su motocicleta; todas las cosas que la noche escondía van perdiendo sombras y adquiriendo contornos y dimensiones hasta ser otra vez reales y estar ahí para Sara, como las formas conocidas de su hogar.

A las 8:00 de la mañana un reloj colocado afuera de la entrada principal de su propiedad, al lado de un espantapájaros, estremece la mañana con un estrépito agudo que marca el inicio de la jornada.

Entonces llegan los cuatro trabajadores que laboran en Cows Saloon. Sara les da indicaciones para cuidar cosechas y animales; al mediodía lleva costales de rábanos, zanahorias y pimientos, y carnes de vaca, gallina y cerdo a Clara, su vecina que cada viernes vende todo en Denver y reparte las utilidades al día siguiente.

Pero Sara, a los 27 años, es una «cowgirl» moderna. La granja ocupa sólo parte de su día. A las 3:00 de la tarde inicia su jornada como guía de caminatas en nieve profunda por las Rocallosas.

«Me enojaba que la gente sólo llegaba aquí para participar en juegos invernales cuando las Rocallosas son más impresionantes cuando se experimentan en silencio, sintiendo su fuerza, contemplando la vida de sus animales, no festejando y riendo», asegura Sara.

«Por eso en septiembre de 2009 presenté a la Oficina de Turismo de Breckenridge la iniciativa de hacer caminatas en la nieve».

Las faldas de las Rocallosas, a la altura Breckenridge, son tranquilas, aunque para adentrarse en sus dominios, donde la nieve es muy honda, a veces hasta 2 metros; hay que usar zapatos especiales cuya base metálica y flexible impide que los pies se hundan al caminar.

Para conocer la verdadera vida animal de las montañas se debe caminar mucho y tomar rutas osadas. Luego de tres horas y media de cruzar zonas inhóspitas y vadear dificultades, se llega a una extensión plana llena de pequeñas lagunas de sangre.

«A este lugar se le conoce como Valle de la muerte porque todas las cacerías terminan aquí; casi todos los caminos estrechos y complicados salen a este terreno plano donde los depredadores tienen suficiente espacio para matar».

Además de lagunas de sangre, en el Valle de la muerte hay decenas de pisadas evocadoras de frenéticas cacerías donde las ágiles huellas del lince se marcan cada vez más cerca de las vacilantes del conejo hasta que ambas desaparecen en manchas cuyo espeso carmín destaca sobre la nieve.

Sara fantasea con historias de linces y conejos.

Las caminatas por la nieve a veces terminan hasta las 9:00, cuando ya es noche cerrada y la oscuridad en las montañas es impredecible; puede ser absoluta, si el cielo está cubierto de nubes de nieve, o abierta y romántica, encendida de luna y esperanzadoras estrellas.

Al regresar de las Rocallosas no hay nada más vaquero que emborracharse en el Gold Pan Saloon, bar fundado en 1879 en la Main Street, que corre paralela al diminuto Río Azul, cuyas aguas de noviembre a abril suelen estar congeladas.

Sillas de poca altura, barras con escupideros en el suelo, mesas de billar y cantineros de mirada desconfiada que fruncen los labios y tienen pedazos de paja entre los dientes; un grupo toca música cowboys, subgénero del country, con amplias líneas melódicas para steel-guitar y canciones que hablan sobre cementerios y trenes.

Aquí Sara bebe whisky y cerveza artesanal oscura casi todas las noches con sus amigos. Sara es una bomba en la fiesta: baila, grita, sale a correr en la nieve y regresa y brinca arriba de la mesa ágil y salvaje, como una pantera; pero poco antes de irse, a las 2:00 de la madrugada, se pone seria.

«¿Sabes?, hay algo muy vaquero en esto; bebemos en invierno de cara a las montañas y en el bar, con los tragos, extrañamos la primavera, cuando se derrite la nieve y flores amarillas cubren las Rocallosas», dice.

«Sólo entonces las sentimos nuestras, cuando son primaverales y podemos hacer picnics en ellas, ir con nuestras familias a volar papalotes y protagonizar historias de amor entre los Ponderosa Pine, que entonces están verdes».

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