Escuelas también se preparan para las redadas de ICE

Escuelas también se preparan para las redadas de ICE

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Justo la mañana que vio a los agentes de migración rondando por su calle, Teresa* había hecho una lista de teléfonos de emergencia a los que su esposo o sus hijos podrían llamar si la detenían o la deportaban por vivir sin documentos en Estados Unidos desde hace 14 años.
“Me dije: tengo que dejarles contactos. Si fuera mi esposo al que detienen, yo sé a quién llamar porque tengo en mi teléfono los contactos. Pero si es a mí, ellos no van a saber a quién hablar. Le dije a mi hija: ‘ Si pasa algo, no te espantes, llama a estas personas y ellos van a saber qué hacer por mí, a quién recurrir’”, cuenta Teresa, que nació en Puebla, México, y ahora tiene más parientes acá que allá.
Pegó la lista junto a la puerta de entrada de la casa, entre los retratos familiares, y salió a las 8:30 de la mañana para llevar a los niños a la escuela. Cuando estaban los tres en el carro, antes de encender el motor para salir, reconoció una de esas camionetas van negras que usan los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para moverse en Carolina del Norte.
“Traté de no alarmar a mis hijos pero tengo una hija de 14 y a ella es imposible engañarla. Les dije: ‘Ese carro se me hace como sospechoso. Vamos a bajarnos sin abrir las puertas del lado donde ellos puedan ver, vamos a meternos a la casa y ahorita veo cómo le hago’”, recuerda.
Entonces los tres entraron a la casa y durante dos semanas Teresa no se atrevió a salir.
“Nos encerramos. Yo no salí para nada y mi esposo ya no trabajó al siguiente día. La comida la mandé a pedir. Antes se había escuchado que Migración andaba por aquí, por Durham, pero nunca como esa cacería que se vió en estos días. Porque se vivía así: como una cacería de humanos. Pero es la comunidad de Durham quien nos está echando, es un berrinche federal”, dice Teresa.
Los agentes de ICE (como se le conoce a la agencia por sus siglas en inglés) ejecutaron un operativo especial de redadas en Durham y otros seis condados de Carolina del Norte que no colaboran con las políticas del gobierno federal para la detención de migrantes. Entre el miércoles 6 y el viernes 8 de febrero, detuvieron a más de 225 personas, según informó la agencia, y aún no hay información oficial disponible sobre cuántos eran indocumentados y cuántos ya fueron deportados.
Esa semana, las maestras y los padres de la escuela primaria a la que asiste el hijo menor de Teresa crearon grupos de Whatsapp para entrar en contacto y ayudar a los padres indocumentados que no se atrevían ni a llevar a sus hijos al colegio. La sorpresa de Teresa es que muchos de estos padres son blancos anglosajones.
“Padres de familia americanos, anglos, hicieron el favor de raidiar (darle aventón) a mi hijo y a mi hija a escuela. En ese momento me sentí protegida y di muchas gracias de que hay personas así. Pero pasando los días digo: si queremos vivir en este lugar, no podemos vivir encerrados”.
A Teresa la contactó Abby: una neoyorquina de 42 años que hace poco se mudó con su familia a Durham, en Carolina del Norte, huyendo del frío y con la idea de construir “un nuevo sur” menos racista que el antiguo. A la pregunta de por qué lo hizo, por qué ayudó a Teresa, Abby responde con otra pregunta: ¿cómo no iba a hacerlo?
“Yo tengo un auto, un estatus legal, ¿y qué hago con todo eso si los amigos de mis hijos tienen miedo? ¿Cuánto hay que confiar, cuán desesperada tienes que estar para entregarle a tus hijos a una desconocida para que los lleve a la escuela?”, vuelve a preguntar Abby y vuelve a contestar: “Estamos construyendo confianza. ‘Ellos’ somos ‘nosotros’, una sola una comunidad. Son nuestros amigos, nuestros vecinos. Compartimos la ciudad, las calles, las escuelas. Es nuestra responsabilidad ayudarlos”.

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