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Evo Morales: Los Poderes de un Aimara

El 22 de enero, Evo Morales se convierte en el primer presidente aborigen de la historia de Suramérica. Su programa de gobierno es todavía un enigma, pero ha dejado claro sus ideales: no robar, no mentir y no ser ocioso. Son los de la milenaria cultura a la que pertenece: la aimara.

«Ama killa, ama llulla, ama shwa.» Así suena el código ético de quechuas y aimaras, una trilogía de principios que exige no ser ladrón (ama shwa), ni mentiroso (ama llulla) ni ocioso (ama killa). Con el correr del tiempo se agregó otra: ama llunku (no seas servil). Los indios crearon estas leyes tras la llegada de los españoles. Antes, estos conceptos no existían entre las comunidades andinas, regidas por la reciprocidad: dar y recibir.

Ese código de honradez, verdad y laboriosidad ha sido, asegura Evo Morales, un patrón de conducta desde su niñez de pastor de llamas. Sobre la base de estos preceptos ha prometido gobernar Bolivia, un país rico en recursos que, durante los últimos 180 años, ha sido dirigido con la exclusión del 71 por ciento de sus habitantes entre quechuas, aimaras, guaraníes y varias tribus amazónicas. La gestión de los gobernantes criollos –los aborígenes les llaman blancoides– ha convertido a la nación andina en la más pobre de Suramérica.

El ascenso al poder de este aimara de 46 años, que reivindica en su discurso las luchas de sus antepasados y su cosmovisión respecto del mundo y la historia, es todo un símbolo entre los aborígenes latinoamericanos. Para los descendientes de los incas, representa el retorno del Pachacuti –el último gobernante del imperio inca unificado–, un mito que anuncia el advenimiento de una era positiva tras ‘los siglos de oscuridad’ (Tutay pacha) transcurridos desde la venida de los españoles.

A la llegada de Colón, la población del continente se estima en unos 90 millones de personas. En América Latina viven hoy cerca de 50 millones de indios (el diez por ciento de los habitantes) concentrados mayoritariamente en Bolivia, Ecuador, Guatemala, México y Perú. En estos países nacer indígena es una condena a la pobreza. Lo reconoce el propio Banco Mundial. Según esta institución, el 74 por ciento de los nativos lo son. Una situación que, además, no hace más que agravarse. Los indígenas en Bolivia tienen 3,7 años menos de escolaridad que los no indígenas, que llegan a los 9,6 años, y la incidencia del trabajo infantil es cuatro veces superior entre los niños indios.

La educación en Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina y Chile, países donde se reparten 1.600.000 aimaras, se imparte en castellano. «Hay unos 12 millones de personas que hablan quechua, más que todos los catalanes del mundo, vascos o gallegos –señala el analista Isaac Bigio, que proviene de la prestigiosa London School of Economics & Political Sciences–. Pero no hay una sola universidad en quechua ni un diario ni juzgados. En Bolivia va a haber un movimiento para que lenguas como ésta o el aimara tengan el mismo estatus que el catalán en España.»

Los indios no sólo no se sienten parte de las sociedades latinoamericanas, sino que entre ellos impera un sentimiento de haber sido desposeídos, especialmente en lo que a sus tierras se refiere (ver arriba: ‘Buscan recuperar la tierra’). Este hecho ha marcado profundamente la conciencia indígena a la hora de desvalorizar a las sociedades blancas y mestizas. Sin mencionar la partición en varios países, derivada de la independencia (1825), que dividió a las comunidades que habían habitado esa región durante miles de años. Y eso no es todo. Hasta hace poco el pongaje, una forma de esclavitud, era habitual en Bolivia y Perú, donde las familias ricas regalaban indios a sus hijos para que atendieran sus necesidades. En las ciudades los aimaras aún ocultan su idioma a sus propios hijos que, por lo general, sólo hablan español. Así, con el paso del tiempo, los valores de respeto y comunidad, fundamentales para el mantenimiento de la sociedad aimara, se han ido perdiendo, pese a que sus líderes espirituales, los amautas, se empeñan en rescatar las esencias de su cultura. Policarpio Flores Apaza, uno de los más influyentes, lo explica así: «El aimara ayuda no como ley, pues todos somos hermanos y todos nos debemos a todos; y para eso no necesitamos ni política ni religión, sólo un corazón grande».

La llegada de Morales al poder es la culminación de un movimiento que comenzó con las celebraciones del V centenario, en 1992. Los indígenas han mostrado su júbilo por el triunfo en Bolivia, pero, acostumbrados a siglos de decepciones, algunos mantienen cierta prudencia. Luis Macas, presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie), actor central en la caída de dos presidentes, señala que «el triunfo de un indígena es un hito no visto desde la época de la colonia». La guatemalteca de origen maya-quiché y Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, es más moderada: «Es un precedente importante en las luchas de toda la región, pero no hay que ser triunfalistas».

Como advierte Menchú, el verdadero desafío, viene ahora. Refundar una república no es fácil, aunque a diferencia de Hugo Chávez, que hizo lo propio en Venezuela, el líder boliviano no es una persona autoritaria. Morales, señala Isaac Bigio, «es de origen humilde, proviene del sindicalismo y las comunidades campesinas. Mientras que Chávez es un militar mestizo cuya cultura ha sido el golpe». Chávez, en cualquier caso, ha hecho bandera de la causa indígena-campesina con una controvertida reforma agraria que lo enfrenta a terratenientes, empresas y oposición, o declarando el hispanísimo 12 de octubre como Día de la Resistencia Indígena.

Fuera del experimento venezolano, como recuerda el Banco Mundial, en los últimos 15 años ha crecido «de manera sorprendente» la influencia y el poder político de los nativos en toda América Latina, así como las leyes a favor de su salud y educación, aunque sus niveles de ingreso –matiza la institución–, al igual que sus indicadores de desarrollo humano en educación y condiciones de salud, sigan quedando «sistemáticamente a la zaga en relación al resto de la población».

La revuelta de Chiapas, en México, la primera madrugada de 1994, fue el eslabón inicial de este resurgir indígena. La voz de los mayas resonó en el continente pidiendo el apoyo en su lucha por conseguir «trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz». El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) no lucha por el poder, sino por construir una nueva forma de hacer política. En Chiapas, de hecho, disfrutan de autonomía en las zonas controladas por la milicia.

Los zapatistas llegaron a negociar con el Estado el texto de una ley sobre derechos y culturas indígenas, pero el debate parlamentario diluyó los acuerdos obtenidos en la mesa negociadora. La norma concede a las comunidades «preferencia» en la explotación de los recursos en sus territorios, pero no su «uso exclusivo», como exigían las organizaciones indígenas.

Tras las rebeliones en Chiapas, los aborígenes ecuatorianos y bolivianos también se lanzaron a las calles para desalojar hasta a cinco presidentes. Fue en estos movimientos en los que Morales, desde la provincia boliviana de Chapare, cimentó su perfil político alumbrando el eje Chiapas-Chapare. En Perú, mientras, el cholo (‘mestizo’) Alejandro Toledo llegaba al poder tras la caída y huida de Alberto Fujimori, de origen japonés, cuya elección fue, al igual que la de Chávez, Toledo, Morales o Gutiérrez (último presidente electo de Ecuador), un exponente más del cansancio de la población hacia las élites criollas. En Ecuador y Perú, los indígenas han acabado desengañados, pero ahora están organizados y tienen una experiencia política de primera mano.

En Perú, sin ir más lejos, hay elecciones este año y el candidato Ollanta Humala, militar ex golpista, lidera las encuestas planteando una reconstrucción del Tawantisuyo (imperio inca). «En Chile también está surgiendo un movimiento nacionalista mapuche muy fuerte –señala el analista Isaac Bigio–. En Brasil, en Colombia, también se están organizando… Las naciones originarias empiezan a exigir autodeterminación, recuperar territorios, que sus lenguas sean oficiales… Es una ola que recorre el continente.»

Los indios han empezado a mostrar su rechazo a las políticas indigenistas aplicadas hasta ahora por los Estados latinoamericanos, preocupados más por la creación de una identidad que vinculara a los indios a las nuevas naciones y asegurarse su lealtad política que por conocer sus verdaderos problemas. El presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, lo dejó bien claro en el Primer Congreso Indigenista Interamericano (Pátzcuaro, México), de 1940, al afirmar: «Nuestro indigenismo no pretende indianizar México, sino mexicanizar al indio». Las oligarquías creían que ésa era la única manera de lograr la unidad nacional.

En ese sentido, Bolivia y México son los países donde los indios han avanzado más, pero también los que más saben de desengaños. México ya tuvo un presidente indígena en la figura de Benito Juárez (1858-1872), el gran reformador del Estado mexicano. Más tarde, la revolución de 1910 institucionalizó el indigenismo integracionista, aunque el Estado se ha ido alejando cada vez más de los nativos, como expresa la revuelta de Chiapas y el proceso posterior.

Bolivia, por su parte, dio un giro con la revolución de 1952. Una revuelta que promovió una reforma agraria más radical que la de Mao y concedió la ciudadanía formal a los indios. Si bien, matiza el historiador aimara Carlos Mamani Condori, «esta concesión supuso la puesta en marcha de una política de asimilación, cuyo principal instrumento es la escuela. Allí se instruye en la admiración a Pizarro, Valverde y Almagro, la religión cristiana, la civilización occidental… Y todo en español».

Es en esas condiciones adversas donde se ha criado Morales, lo que añade más mérito. Como señala Miguel Guatemal, de la Conaie ecuatoriana, «ha ganado la elección presidencial dentro de un orden neoliberal y colonial. Para los indígenas su triunfo es un precedente importante. Indica que hay esperanza en el futuro».

Claves para entender a los aimaras

RESPETAN LA HOJA DE COCA

No confundir con la cocaína, contenida en menos de un 0,08 por ciento en cada hoja. El uso de la Kuka Kintu, aliada del aimara y un regalo del Inti (dios Sol), data de unos 5.000 años. Su valor mágico ofrece consejo, visiones o conocimientos en los rituales, pues predice el destino y, mediante el acto de akhullicar –mantenerla entre mejilla y dientes para extraer un zumo mezclado con la saliva–, se transforma en alimento y tónico que combate el cansancio, el frío y el hambre. Cura o alivia males como la disentería y el sorojchi o mal de altura. ¿Qué reivindican? Su uso y cultivo como símbolo de la identidad indígena andina.

BUSCAN RECUPERAR LA TIERRA

Los territorios aimaras eran el espacio donde se sustentaban sus mitos y costumbres. Desconocían la propiedad individual y sus tierras, distribuidas en base a un derecho colectivo de propiedad comunal, fueron apropiadas, primero, por los colonizadores y por los criollos después, durante la República. Hoy las empresas transnacionales son dueñas de buena parte de los ingentes recursos naturales de Bolivia. ¿Qué reivindican? El nuevo presidente quiere nacionalizar la producción y el comercio de las riquezas (petróleo, estaño, gas, hierro…) del suelo boliviano, del cual los indígenas se consideran legítimos dueños.

EN DEFENSA DE SU LENGUA

Los aimaras rinden culto a los cerros (apus), al Sol (inti), a la madre tierra (pachamama), al orígen (pacarinas), al agua (yacumama) y a los ancestros (mallquis). Esta visión del mundo ha sido desarrollada y transmitida por los amautas, los Maestros Andinos (a un tiempo filósofos, sacerdotes, políticos, científicos, ingenieros, artistas, diseñadores…). En estos ritos juega un papel básico la lengua aimara, cuyos hablantes se han reducido en un 20 por ciento en apenas 30 años. ¿Qué reivindican? Morales quiere integrar las lenguas nativas en el sistema educativo y administrativo boliviano, monopolizado hoy en día por el español.

RETORNO AL TAWANTISUYO

Esta palabra significa cuatro regiones, y simboliza la comunidad andina. Se representa en un cuadrado dividido en cuatro partes iguales. La Confederación del Tawantisuyo tiene orígenes milenarios y reúne las cuatro regiones –Chinchaysuyo, Collasuyo, Contisuyo y Antisuyo– que conformaron el imperio inca. Tras la llegada de los españoles, esta unidad se desintegró y, al surgir las independencias, los pueblos andinos quedaron divididos entre Perú, Bolivia, Ecuador, Argentina, Chile y Colombia. ¿Qué reivindican? Morales, en Bolivia, o el candidato a la presidencia peruana, Ollanta Humala, abogan por su restauración.

Gracias a Pachamama,

Madre Tierra, gracias

por la Hoja de Coca

Nosotros, Aymaras y Quechuas, naciones originarias de los Andes, hemos sobrevivido los azotes del hombre blanco hasta el día de hoy gracias a nuestra hoja de coca. Desde el momento en que llegaron a nuestras tierras, los blancos han querido controlar nuestra hoja para su enriquecimiento personal. Siendo la coca uno de nuestros mayores tesoros, han abusado de ella aquí y ahora abusan de ella por el mundo entero. Como no han podido controlarla, están decididos a destruirla.

Ellos han catalogado nuestra hoja sagrada como una droga, la han condenado a ser prohibida y eliminada obligatoriamente bajo convenciones de la O.N.U. sobre drogas. Con estas convenciones, las Naciones Unidas han ofendido y traicionado las naciones Aymara y Quechua.

Bajo el manto de estas convenciones y después de empobrecer nuestro pueblo con sus políticas neoliberales, el gobierno de los EE.UU., primer enemigo de los Indios, ha utilizado sus dólares para sobornar a los oficiales de Bolivia, corromper sus instituciones y enfrentar a los demás Bolivianos contra nosotros. Ultimamente, la embajada de los EE.UU. en La Paz ha puesto en pie una fuerza mercenaria con órdenes de eliminar la coca y a los Indios que la defienden.

¡La coca no es

una droga!

Hay que acabar con esta mentira. Ha llegado el momento para acabar con la amenaza de aniquilación de la coca y de nuestro modo de convivencia comunitaria. La hoja de coca nos ha sostenido a través de todas las adversidades hasta el día de hoy; y lucharemos con todo nuestro poder y con ayuda de ella, para parar los desalmados propósitos del hombre blanco.

Como otras plantas, la coca es una medicina, una planta sagrada. Gracias a la coca, hemos soportado innumerables sufrimientos causados por la infame guerra de los blancos contra las drogas.

Por esta razón, las Naciones Unidas deben respetar la coca y sacarla de sus listas prohibitivas.

Por esta razón, los EE.UU. deben retirar todo su material y personal bélico de Bolivia. Han abusado de su estadía. Que vayan a luchar contra el abuso de las drogas en sus propio país.

Por esta razón, los blancos deben terminar su guerra a las drogas y aceptar que nosotros vivimos en paz con la coca. Deben considerar los informes de Harvard University, la institución académica que más valoran, sobre los efectos beneficiosos de nuestra planta.

Pero eso no sucederá sin una intervención nuestra. Tenemos que emerger para la ocasión.

Ha llegado el momento para las naciones originarias de tomar el poder en nuestras manos.

Ha llegado el momento de redimir nuestra planta sagrada. Nosotros hemos aprendido a tratar la planta con respecto y ella nos ha recompensado generosamente.

Desde ahora en adelante no toleraremos más que fuerzas extranjeras dañen nuestra planta. Seremos sus soberanos guardianes.

Aquellas naciones que lo acepten serán nuestras amigas. Les ayudaremos a tratar el abuso de la coca en el seno de sus sociedades.

Aquellas naciones que continúen reprimiendo nuestra planta serán nuestras enemigas y las predicciones de enfermedades y miseria, proferidas por nuestros yaquiris (que cura con la coca) y transmitidas por nuestras leyendas, seguramente se cumplirán en ellas.

Mientras el invasor norteamericano nos persigue, nosotros, los cocaleros (que cultiva la coca) y las naciones originarias, nunca nos olvidaremos del grito de guerra que nace por el dolor de un pueblo:

Causachun coca!

Wañuchun yanquis!

¡Viva la coca!

Yankee go home!

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