Firmeza y compasión: dos ingredientes para la política de Biden hacia Cuba

Firmeza

“Biden hizo la hazaña de conquistar la presidencia a pesar de haber perdido la Florida, algo que no sucedía desde 1992. Una política inteligente hacia Cuba, que combine la firmeza hacia la dictadura con la compasión hacia sus víctimas, en el futuro les ayudaría a él y a su partido a reconquistar el apoyo de muchos floridanos en general y cubanos en particular”.
Como era de esperarse, el presidente electo, Joe Biden, está bajo fuerte presión de simpatizantes del régimen castrista para que cambie drásticamente la política de Estados Unidos hacia Cuba. A sus presiones se les suman las de personas de buena fe que creen que cualquier entendimiento con La Habana es mejor que una política de presiones, como la que ha llevado a cabo el gobierno del presidente Trump. Pero Biden tiene la oportunidad de trazar una estrategia diferente que combine las firmes exigencias en materia de democracia y derechos humanos con la compasión hacia la mayoría de los cubanos que son víctimas del régimen.
Para lograrlo, el presidente electo tendría que preservar las restricciones que frenan el envío de fondos estadounidenses, privados o gubernamentales, al enorme aparato militar y policíaco de Cuba. El régimen lo usa sin escrúpulos para amedrentar y reprimir a los cubanos y apuntalar dictaduras afines como la chavista en Venezuela. En futuros diálogos entre ambos gobiernos, los representantes de Biden deberían exigir el cese de esta práctica abusiva, típica de los estados policiales, como condición para mejorar las relaciones.
El presidente electo sentirá la tentación de revivir el fallido intento de su predecesor, Barack Obama, de convencer al régimen cubano de que lo ayude a aniquilar a la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. Esa aspiración es tan ingenua que raya en la mala práctica política. Los dos regímenes han forjado una alianza siniestra para mantener el poder a expensas del maltrato sistemático de sus respectivos pueblos. Y eso nada ni nadie lo cambiará por las buenas. A lo sumo, La Habana aprovecharía la ingenuidad para ganar tiempo, obtener concesiones unilaterales y proteger mejor al aliado que con su petróleo mantiene en un respirador artificial a la agonizante economía cubana.
El futuro gobierno de Biden debería asimismo ejercer presiones políticas y diplomáticas sobre la dictadura cubana, haciéndola responsable de sus atropellos en los foros internacionales. Esto tendría el doble efecto de recordarle su esencial ilegitimidad a la comunidad internacional y brindar cierta protección a los cubanos perseguidos en la isla por sus gestiones democráticas y humanitarias. Si Estados Unidos renunciara a esta obligación elemental, como pretendía el presidente Obama, alentaría el surgimiento de regímenes autoritarios en la región.
Para promover la democracia y la libertad en cuba, Washington no tiene que desistir de la diplomacia con la isla. Pero sí tiene el deber de conducirla con pudor, sin ignorar el sufrimiento que ha causado y que sigue causando a millones de personas la tiranía más antigua y brutal de las Américas. De ahí que estén demás las visitas frívolas a Cuba de funcionarios estadounidenses, la asistencia a juegos de béisbol o el paseo por las vitrinas del castrismo, como los que alentaban el presidente Obama y su gobierno. Rebajados a ese nivel, los gestos de buena voluntad despiden un tufo de inconsecuencia y cinismo.
Una vez en la Casa Blanca, el presidente electo también podría parar las deportaciones de cubanos a la isla cárcel, atropello que inició el gobierno de Bill Clinton en los 90 y que, lamentablemente, han practicado todos los mandatarios que le sucedieron. Las posibles excepciones podrían ser aquellos cubanos que, sin ser residentes ni ciudadanos, han cometido delitos criminales graves y a los que ya procesó la justicia estadounidense.
Una pequeña minoría de cubanos en Estados Unidos han abusado del derecho que les ha dado el gobierno a ayudar a sus familiares o visitarles en la isla. Pero no es justo que la mayoría pague por los errores de una minoría. El gobierno de Biden incluso debería buscar formas de asistir a los cubanos más necesitados utilizando vías alternas a las del Estado castrista. Es otro aspecto que puede negociar con La Habana.
Biden hizo la hazaña de conquistar la presidencia a pesar de haber perdido la Florida, algo que no sucedía desde 1992. Una política inteligente hacia Cuba, que combine la firmeza hacia la dictadura con la compasión hacia sus víctimas, en el futuro les ayudaría a él y a su partido a reconquistar el apoyo de muchos floridanos en general y cubanos en particular. También daría ánimo al creciente número de cubanos que se esfuerzan por lograr cambios democráticos en la isla, como esos centenares de jóvenes que recientemente protestaron frente al ministerio de cultura en La Habana para exigir libertad de expresión y asociación y la excarcelación del cantante de rap Denis Solís y de miembros del contestatario Movimiento San Isidro.
Al reconocer sin condiciones al régimen cubano y suavizar el trato al venezolano, el presidente Obama se apartó de la tradición política de Estados Unidos de rechazo a las dictaduras y solidaridad con sus víctimas. Esa tradición databa del gobierno del presidente Jimmy Carter. El presidente Trump fue duro con ambas tiranías, pero extendió el contubernio a los regímenes impresentables de Rusia, Corea del Norte, Arabia Saudita y Turquía, entre otros. Joe Biden puede y debe ser consecuente, manteniendo a prudente distancia a todas las dictaduras y tendiendo una mano amiga a los pueblos que las padecen.

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