El halconazo: la sinrazón de Echeverría

El halconazo: la sinrazón de Echeverría

Halconazo

Se dice que
Echeverría
se jugó el todo
por el todo
y finalmente
todo lo ganó.

Los grupos
estudiantiles
quedaron advertidos de la ferocidad
gubernamental
y no volvieron a
realizar
manifestación
alguna.

En junio de 1971, después de una improvisada reforma al plan estudiantil en Monterrey, que inmediatamente el gobierno federal intentó zanjar por sus altibajos, organizaciones estudiantiles, principalmente urbanas se unieron para reprochar el hecho, convocando a una marcha en apoyo de los agraviados el 10 de junio.
Ante los hechos, las autoridades federales, dispusieron que el Ejército, encabezado, por el general Hermenegildo Cuenca Díaz, se pusiera por encima de la policía, con el fin de garantizar la seguridad de los ciudadanos y evitar otro 68. Amén de que la manifestación convocada, nunca estuvo, ni programada ni autorizada por las autoridades correspondientes.
Con todos los impedimentos, la marcha estudiantil inició a las cinco de la tarde, partiendo del Casco de Santo Tomás, hacia la Escuela Nacional de Maestros. Durante el trayecto, el contingente aprovechó para lanzar consignas en favor de la liberación de los presos políticos del 68 y protestas contra la “imposición en las reformas a los planes de estudio”.
En la intersección de la avenida México-Tacuba, los estudiantes vieron como varios camiones se comenzaron alinear a lo largo de la avenida, descendiendo de los vehículos “casi mil jóvenes fornidos, de pelo muy corto y tenis blancos, con macanas, kendos, y armas de fuego”; su intervención fue inmediata, se abalanzaron sobre el contingente estudiantil, al grito de “viva el Che Guevara”, inclusive con el azoro de los militares y de los cuerpos policiacos.
Los estudiantes trataron infructuosamente de defenderse, pegando uno que otro golpe con los palos de las pancartas. Ante la mirada atónita de ver como caían muertos y heridos sus compañeros, intentaron replegarse, pero el ejército, que se sumó a la masacre, con gases lacrimógenos y tanques antimotines, los tenía cercados y los obligaron a huir por todo San Cosme hacia la avenida Hidalgo.
Muy poco tiempo después, se supo que quien había atacado a los estudiantes, era un grupo denominado los “halcones”, paramilitares entrenados por mando de Manuel Díaz Escobar, creador del Batallón Olimpia, que inició la matanza en Tlatelolco en 68, y auspiciados por el entonces Regente de la ciudad, Alfonso Martínez Domínguez, a quien con el tiempo se le conoció como don Halconzo.
Inmediatamente después de la refriega, en la que oficialmente se hizo saber que el resultado fue de “9 muertos y una docena de heridos” (aunque en realidad nunca se supo la cifra real), el presidente Luis Echeverría, dio la cara, argumentando que esos grupos eran contrarios a sus políticas de gobierno, “se trata de otras fuerzas que intentan desestabilizar al gobierno y debilitar la autoridad presidencial. Ya hemos dado instrucciones para que se hagan las averiguaciones correspondientes y no nos detendremos caiga, quien caiga”.
La investigación del presidente concluyó con la remoción del director de la policía, quien muy poco después se convirtió en candidato y gobernador de Nayarit.
Alfonso Martínez Domínguez, resentido porque poco a poco perdía terreno en los avatares políticos, tiempo después confesó, que el mismo había oído a Echeverría ordenar que se reprimiera duramente a los manifestantes y que se “quemaran o desaparecieran a los cadáveres”. De ninguna forma el gobierno podría permitirse otro 68.
Hace algunos años, Contenido publicó un especial a 20 años de este suceso.
Se dice que Echeverría se jugó el todo por el todo y finalmente todo lo ganó. Los grupos estudiantiles quedaron advertidos de la ferocidad gubernamental y no volvieron a realizar manifestación alguna en años; las remociones políticas que incomodaban al presidente se realizaron sin cortapisas y poco a poco el gobierno pudo alejar del imaginario popular la hecatombe del 68.
Se comenta que la venganza estudiantil contra Echeverría llegó hasta 1975, cuando el presidente, haciendo gala de una fastuosa valentía, visitó la Ciudad Universitaria, de donde salió por piernas, al grito de “mula, mula”, con un pedradón en la cabeza.

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