La Ciencia se  conjura contra un  enemigo invisible

La Ciencia se conjura contra un enemigo invisible

enemigo

*** La investigación sobre los disruptores endocrinos es
un reto científico mayúsculo
*** Un importante número de enfermedades se asocian
a estos compuestos químicos habituales
*** La ciencia busca la manera más eficaz de verificar sus
potenciales peligros

Sabemos que están entre nosotros, entramos en contacto con ellos a diario y la mayoría de veces ni tan siquiera nos damos cuenta. Es imposible evitar la exposición a los disruptores endocrinos: los respiramos, comemos y tocamos constantemente.
El peligro en ello es que estudios científicos han comprobado que muchos de estos compuestos químicos están relacionados con el desarrollo de diferentes enfermedades. Desde trastornos neurocognitivos, infertilidad, alergias y obesidad, hasta enfermedades hepáticas crónicas, diabetes y ciertos tipos de cáncer. De nuevo, el organismo se enfrenta a sustancias externas que enloquecen su sistema inmunitario.
Nuestra vida cotidiana está rodeada de compuestos químicos invisibles que, potencialmente, nos ponen en riesgo. La epidemióloga ambiental Maribel Casas, apunta que la lista de substancias sintéticas sospechosas es larga: “productos cosméticos, pasta de dientes, jabón, cremas hidratantes, cremas solares, alimentos -a través de los pesticidas-, envases con películas plásticas, productos enlatados, retardantes de llama en muebles y dispositivos… La industria -añade- continúa fabricando nuevos compuestos, siguiendo la legislación vigente y, para cuando se detecta que uno de ellos puede ser peligroso, ya ha pasado mucho tiempo y se han generado decenas de nuevos”. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2012 alrededor de unos 800 compuestos químicos eran ya sospechosos de alterar el sistema endocrino.
Este fue el caso del famoso pesticida DDT, que empezó a usarse durante la Segunda Guerra Mundial para hacer frente a plagas de insectos y luego se destinó a un uso masivo agrícola y forestal. No fue hasta 1970 que se descubrió, gracias a diferentes estudios científicos, que tenía efectos negativos sobre la salud, implicando en humanos alteraciones y enfermedades del sistema reproductor y el inmunitario, entre otros órganos. Además, se sabe que es una sustancia que se bioacumula en los depósitos de grasa corporal, se ingiere a través de los alimentos expuestos y se transmite de generación en generación. Sin embargo, todavía hoy se fabrica y se usa con finalidades muy concretas, como por ejemplo la lucha contra la malaria.
Como consecuencia, aunque la OMS lo considera un ingrediente activo moderadamente peligroso y según la Agencia Internacional de la Investigación en Cáncer es un agente carcinógeno, es muy posible que se detecte DDT en pequeñas muestras de sangre de cualquier persona. De hecho, aunque se dejase de fabricar completamente, aún se encontrarían restos de este disruptor endocrino en las generaciones siguientes.
Maribel Casas explicó en ‘El cazador de cerebros’ cuál es el mecanismo que le dan a estos elementos la capacidad de ser disruptores endocrinos: “Tienen una estructura molecular muy parecida a las hormonas, por tanto, pueden imitar e interferir en el funcionamiento de estas, de muchas maneras distintas. En muchos estudios no detectamos nada, pero sabemos que de por sí tienen capacidad de provocar trastornos”. En el caso de la DDT, el compuesto imita el estrógeno, lo que altera el sistema hormonal, “esencial para el control de un gran número de procesos biológicos que se dan a lo largo de nuestra vida como son el crecimiento, la pubertad o la función cardiaca”.
Los efectos ambientales y sobre la salud humana de los disruptores endocrinos han sido constatados para muchos de ellos en modelos animales, pero el gran problema, tal como explicaba Casas en el episodio ¿Está enloqueciendo nuestro organismo?, es que los tests actuales que comprueban la toxicidad de un compuesto químico son insuficientes para medir su efecto en humanos. Muchos científicos, bajo el paraguas de la Unión Europea, se encuentran trabajando en nuevas líneas de investigación que mejoren la eficacia y fiabilidad de estos tests de toxicidad. Entre ellos, aunque se intenta reducir los tests en animales, siguen algunas investigaciones in vivo -por ejemplo en diferentes estadios de desarrollo del pez cebra-, in vitro -en células 2D o 3D, y las prometedoras líneas de investigación en modelos matemáticos que imitan mecanismos biológicos desde que el compuesto entra en contacto con la persona hasta que realiza un efecto biológico.
El problema es complejo y la solución “prácticamente imposible” de abordar. ¿Cómo estudiar con fiabilidad los efectos de nuevos compuestos sintéticos a largo plazo, en diferentes dosis (algunos compuestos son más peligrosos en dosis medias que en dosis altas), a través de varias generaciones, en combinación y acumulación con otros compuestos o en su interacción con nutrientes y otros compuestos orgánicos? Como apunta la misma Maribel Casas, “aunque se han hecho muchos estudios al respecto, no hay un estudio epidemiológico totalmente concluyente sobre los efectos en personas”.
El hecho de no encontrar una relación causa-efecto indiscutible está lejos de demostrar la seguridad de estos compuestos químicos, que hoy por hoy solo deben superar pruebas preocupantemente limitadas para entrar en producción y acabar en nuestra vida cotidiana.
La petición de los investigadores científicos es clara: aplicar un principio de precaución. Evitar que estos productos potencialmente dañinos salgan al mercado hasta comprobar sus efectos con tests mejorados, hasta alcanzar “un veredicto unánime y contundente de la comunidad científica” que demuestre que son inocuos. Una vez más, la recomendación es la misma: bajar el ritmo de un mundo que sigue demasiado acelerado.

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