La escasez de mano de obra es una oportunidad para el país

Mano

La última vez que consulté más de cuatro millones de personas habían renunciado a sus empleos en Estados Unidos en un mes. Los empleadores se afanaban por entender qué estaba pasando con sus ofertas de trabajo, pues había más de cinco millones sobre la mesa, desatendidas. Los trabajadores parecían titubear sobre si buscaban o no empleo y en qué sector. Los especialistas se devanaban los sesos para entender la tendencia. Y nuestros gobernantes, por lo general lenguaraces, parecían reacios a comentar el fenómeno, tal vez porque no sabían si era bueno o malo, si les convenía o no atribuirse el crédito.

Luego repasé las interpretaciones que daban desde el departamento de trabajo hasta economistas y académicos. Resultó ser una amalgama de causas a veces incompatibles entre sí. Y me dediqué a escoger mis favoritas. La que más me gustó es que, con la llegada de la implacable pandemia, muchos trabajadores en el país descubrieron una rara y placentera sensación de libertad. Renunciaban a trabajos por lo regular mal remunerados, abusivos y embrutecedores y sobrevivían con faenas esporádicas, trabajando desde sus casas, al aire libre o, en el peor de los casos, con la ayuda solidaria de los gobiernos federal, estatales y locales.

La pandemia ha destapado el oscurantismo de muchos estadounidenses que se niegan a vacunarse o a usar mascarilla en lugares públicos porque han consumido altas dosis de teorías conspirativas y noticias falsas. O sencillamente no se toman el trabajo de informarse bien. Los expertos consideran que muchos de los que rehúsan regresar a sus centros laborales no quieren exponerse a quienes se guían por el pensamiento mágico. Prefieren la relativa seguridad de sus hogares. O trabajar donde haya pocos empleados y público. Según esta hipótesis, la pandemia, con sus largos tentáculos homicidas, ha aumentado la desconfianza entre los estadounidenses. Una explicación más positiva sería pensar que nos estamos conociendo mejor.

Me agrada constatar, además, que muchas personas sacrificaron sus trabajos formales para consagrarse en sus casas al cuidado de hijos, nietos o familiares enfermos. La docencia virtual y la crisis en los asilos de envejecientes impulsaron las renuncias, según sostiene otra hipótesis. De confirmarse, demostraría un espíritu de sacrificio y solidaridad que muchos creíamos en peligro de extinción en nuestra sociedad obsesionada con la producción de todo menos calor humano.
Sea como fuere, la ola de renuncias y la existencia de millones de puestos vacantes tiene un importante lado constructivo. Ofrece a los empleadores la oportunidad de mejorar las condiciones laborales de sus trabajadores. Tal vez a algunos no les atraiga esa perspectiva. Pero no les quedará otro remedio que hacerlo. Y, por fortuna, muchos lo están haciendo ya. Gigantes corporativos como Amazon, Walmart, Costco, Bank of America y otros han aumentado el pago mínimo y los beneficios complementarios de sus empleados. La billonaria inversión federal en la modernización de la infraestructura nacional probablemente incrementará la oferta de empleos e intensificará la competencia por la mano de obra disponible.

Este panorama laboral podría servir asimismo de incentivo para la inmigración legal, si es que el gobierno y el Congreso saben aprovechar la oportunidad. Un primer paso podría ser aumentar la cuota anual de refugiados que Estados Unidos está dispuesto a aceptar. Donald Trump la redujo, temerariamente, a 15,000. El presidente Biden recién la subió a 125,000. Pero debería ser mayor si tenemos en cuenta la escasez de mano de obra, el retiro en masa de los llamados “baby boomers” – personas nacidas entre 1946 y 1964 – y el constante descenso en la tasa nacional de nacimientos. En 2020 bajó cuatro por ciento y se estima que bajará otra vez este año.

En una nación productiva y próspera, como la nuestra, la escasez de mano de obra no debería verse como un problema alarmante, sino como una oportunidad. Una ocasión extraordinaria para mejorar la calidad de las plazas de trabajo y las condiciones laborales de millones de personas; también, de expandir de manera generosa la oferta de trabajo a quienes no han tenido la suerte de obtener un título universitario, pero anhelan y merecen avanzar mediante sus esfuerzos; y de compartir nuestra prosperidad con extranjeros que deseen en buena lid formar parte de nuestra sociedad forjada como es sabido por inmigrantes del mundo entero.

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