La gran diversidad estadounidense se enfrenta a  la pesadilla anti-inmigrante de Stephen Miller

La gran diversidad estadounidense se enfrenta a la pesadilla anti-inmigrante de Stephen Miller

pesadilla anti inmigrante

El paseo marítimo de Venice Beach en Los Ángeles puede ser muchas cosas, pero no es donde esperaba encontrarme una perspectiva inquietante de las mezquinas políticas migratorias de la administración Trump. Mientras caminaba entre los habitantes tatuados y con perforaciones de esta variada y enérgica mescolanza de skate punk y kitsch turístico, me impresionaron varias cosas.

En primer lugar, me di cuenta de que el clima sí importa.

El interminable sol de verano, la poca humedad, las amplias playas y los espacios abiertos de la costa de California parecen inducir a la gente a quitarse la ropa. Éste no es un lugar acogedor para quienes le tienen terror al cuerpo. Incluso las muchísimas personas desamparadas o aquellos que solo necesitan una buena ducha parecen tener el cabello rubio y la piel bronceada.
En segundo lugar, como embajador retirado que recientemente regresó a su hogar en Estados Unidos, descubrí que Venice Beach era un microcosmos de la reforzada diversidad estadounidense. En una mañana de un día laboral, cuando la mayor parte de las personas de mi mundo están trabajando, yo estaba conversando con turistas de todas partes de Estados Unidos. Conocí a mexicanos de tercera generación con increíbles camiones de comida y que no hablaban bien el español, y a un malabarista ruso que había venido a Estados Unidos con una visa de estudiante, se había casado con una mujer estadounidense, había asegurado una visa permanente y luego había comenzado a beber mucho cuando ella lo abandonó. Ahora hace malabares. Africanos y afroestadounidenses bailaban en patines, mientras que otros jugaban baloncesto junto a la playa a las mil maravillas. Los blancos todavía no saben saltar, pensé mientras miraba una competencia de clavados. Escuché al francés, el chino, el español, el portugués y el inglés formar una Torre de Babel de conversación fluida, mientras los visitantes regateaban arte basura, joyas, tratamientos con henna y camisetas simplemente espantosas.
Éste no es mi mundo, pero me alegra que exista. Al igual que en Key West, Las Vegas Strip y otros destinos tipo Land’s End, se exhibe toda la panoplia de la permisiva diversidad estadounidense. No es el Estados Unidos de Norman Rockwell, pero es mi Estados Unidos, también.
Mientras caminaba por la playa hacia Santa Mónica, dejando atrás el aroma de marihuana y pachulí, el paisaje playero se gentrificó. Un poco más limpio, mucho más caucásico, y definitivamente menos abarrotado, vi surgir el vecindario del asesor principal del presidente Trump, Stephen Miller. Su tío acababa de publicar una mordaz acusación contra su sobrino, el arquitecto de las políticas de inmigración nativistas que habría impedido la llegada de su propia familia a Estados Unidos hace un siglo si hubieran estado en vigor.

Y entonces me di cuenta.

Un niño flaco y definitivamente poco popular nacido en este relajado ambiente playero seguramente habría sido intimidado. El tío de Miller hizo el comentario mordaz de que la cafetería de la escuela secundaria de Santa Mónica fue la prueba de fuego de Stephen. Pero sospecho que, más que cualquier intimidación física durante la adolescencia, el sentimiento anti-inmigrante de Miller se alimentó de su incapacidad para adaptarse a un entorno muy diverso durante su infancia. Mientras surfistas y patinadores, bailarines de break dance y vendedores de tacos, fortachones de Muscle Beach y chicas en bikini convergían a su alrededor, uno puede imaginar la furia interior del resentido y marginado Stephen Miller.
Debo aclarar que no estoy ni remotamente calificado para psicoanalizar al Sr. Miller. Eso se lo dejo a su tío, que es en realidad un neuropsicólogo retirado y producto de una tercera generación de inmigrantes como yo. Sin embargo, como embajador, saber analizar a las personas presentes en una sala es la clave del éxito. Mientras analizaba a los presentes en la sala de la juventud de Miller en el sur de California, recordé que el miedo, la vergüenza y la inseguridad son a menudo motores más poderosos y perniciosos que los mejores ángeles del hombre.
Cualquier hombre que alegremente declare que separar a niños pequeños de sus padres que buscan asilo es solo “el resultado de una decisión política. Y punto” debe él mismo poseer un enorme vacío de amor y solidaridad humana. Y ese vacío es muy probablemente el resultado del dolor emocional. Tengo la firme sospecha de que la angustia adolescente del Sr. Miller se forjó en el continuo rechazo social en esta extravagante comunidad playera hippie.

Por eso ahora, él intenta rechazarlos a “ellos”.

Con crueldad burocrática, y sin embargo bastante incompetencia a juzgar por los múltiples rechazos por parte de la judicatura de las diversas órdenes ejecutivas de la administración Trump, el Sr. Miller sigue impulsando una agenda anti-inmigrante. Esos mexicanos, chinos, rusos y africanos que no se asimilan y que pueblan el paseo marítimo, relajándose tranquilamente junto a los bañistas estadounidenses en Santa Mónica y Venice, se han convertido en el objetivo de la ira autocompasiva de Miller. El presidente le hace caso y continuará su agenda de persecución.
Pero pronostico que su ciudad natal seguirá siendo una fuente de gran frustración para él. Y seguramente no lo invitarán a una fiesta en la playa en estos días, a pesar de que actualmente trabaja en la Casa Blanca.

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