<!--:es-->La Migra Rosa de Arizona
. . . Joe Arpaio, el comisario del Condado de Maricopa y autonombrado «sheriff más duro de América», fue el fundador de la cárcel «Ciudad de las Carpas»<!--:-->

La Migra Rosa de Arizona . . . Joe Arpaio, el comisario del Condado de Maricopa y autonombrado «sheriff más duro de América», fue el fundador de la cárcel «Ciudad de las Carpas»

Phoenix, Estados Unidos.- Hoy habrá safari. Las celdas para los indocumentados están listas. El cazador es amante de los pósters que llevan su foto avanzando en un tanque de guerra. Su tropa tiene instrucciones de inmovilizar a sus «presas» con esposas rosas y alimentarlos con queso verde: El queso del Sheriff Arpaio.

Dicen que en este desierto encaprichado de Phoenix se suele cazar a temperatura infierno de casi 50 grados.

Los cerros rojizos y sus enormes edificios forman una suerte de cordillera-olla que fascina a los miembros del safari. Les surte de casi 20 mil «presas», todos trabajadores indocumentados.

Aquí las cosas funcionan así: Los más grandes, una corporación de unos 3 mil policías, tienen una misión, que es cazar inmigrantes en supermercados, barrios, restaurantes y fábricas.

Las «presas» se esconden en casas rodantes ancladas en pequeños suburbios a las orillas de la ciudad, evitan ante todo hablar español en público y los fines de semana salen sólo si es estrictamente necesario.

Desde hace meses han dejado de congregarse en iglesias, visitar centros comerciales y pasear por parques públicos.

Su delito: Perseguir el sueño americano en un territorio que alguna vez fue mexicano.

Vivimos con miedo

Es un miércoles en Arizona, son días difíciles en Phoenix, la capital donde el 30 por ciento de los más de 6.5 millones de habitantes es de origen hispano.

En los jardines del Capitolio, activistas defensores de los derechos civiles mantuvieron desde hace más de 100 días un plantón contra la Ley SB1070, que en parte fue implementada a partir del 29 de julio, ua que una jueza federal revocó puntos muy importantes que convertiría en delito ser inmigrante ilegal en este Estado fronterizo con Sonora.

Ahí, frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe flanqueada por banderas de Estados Unidos, está sentada Nora Dávila, una mexicana residente que ronda los 50 años, se tiñe el pelo de rubio y se le inflama el pecho cuando habla de los inmigrantes.

«Somos perseguidos, la gente está escondida, vivimos con miedo», dice sin dejar de arrullar a Kevin, su nieto nacido en Arizona.

«Arpaio nos está separando de nuestros hijos, nos están agarrando para deportarnos. Ellos nacieron aquí, ni siquiera hablan español».

Arpaio, el cazador al que hace alusión esta mujer, es el autonombrado «sheriff más duro de América», el comisario del Condado de Maricopa, Joe Arpaio, un septuagenario de pelo cano, ceño fruncido y abdomen abultado que se ha convertido en el villano favorito de la comunidad hispana.

Desde que Arpaio fue electo por primera vez en 1993, sus oficiales han detenido y puesto a disposición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE por sus siglas en inglés) más de 34 mil 727 inmigrantes por delitos que van desde circular con un parabrisas ligeramente dañado hasta homicidio.

La nueva ley facilitará el safari, los policías podrán verificar la situación migratoria de una persona ante la sola sospecha de que ésta no se encuentra legalmente en el país.

Pero Arpaio es, de alguna manera, uno más de esos que persigue: Sus padres fueron inmigrantes italianos.

Su carrera policial empezó en 1950 cuando se enlistó en el Ejército de Estados Unidos, donde sirvió hasta 1953.

Después fue oficial de policía en las ciudades de Washington y Las Vegas. Fue tan efectivo que logró convertirse en un agente antinarcóticos de la DEA.

En la Agencia Antinarcóticos desempeñó misiones en Turquía, el Medio Oriente, Sudamérica y México, pero nunca aprendió español.

Terminó una carrera de 32 años en la DEA en Arizona, donde en 1992 contendió para convertirse en sheriff del Condado de Maricopa, donde ha sido reelecto cada tres años hasta estos días.

La cárcel de Arpaio

El viaje me lleva a Tent City, «la Ciudad de las Carpas», una cárcel a las afueras de Phoenix fundada por Arpaio. Me dijeron que en esta prisión los animales son más queridos que los indocumentados, y tienen razón.

Arpaio parece tener un buen corazón. Cerca de ahí ha convertido una antigua cárcel en un asilo para mascotas maltratadas. Perros hiperactivos y gatos panzones gozan del corazón del sheriff. Duermen en cubículos climatizados y comen alimento especializado.

Mientras, en Tent City los reos se resguardan de los 44 grados y el Sol de mediodía en carpas verdes ancladas en un patio de rejas electrificadas a cielo abierto.

Bajo cada uno de los tendidos hay una docena de literas oxidadas y un ruidoso abanico de aspas metálicas colgando de un extremo.

Me han permitido caminar por la penitenciaria de Arpaio. Los reclusos parecen sacados de una película de los 60, o tal vez de «El Rock de la Cárcel» de Elvis Presley. Visten un holgado y grueso uniforme blanco con rayas negras horizontales.

Los rayos del Sol rebotan en el piso de arcilla. Algunos se han despojado de la camisola para amainar el calor, revelando tatuajes con nombres de mujeres, calaveras y Cristos.

Otros usan sólo un calzoncillo rosa. Por orden del sheriff, en esta prisión sólo puede usarse ropa interior de ese color.

Desde la parte alta de una litera, un hombre moreno y delgado, que finge leer una Biblia, me suelta una advertencia:

«Póngale que no vengan para acá, que vayan a Texas o a Nuevo México, menos a Arizona. Está muy duro acá, no nos quieren a los mexicanos», dice sin que la oficial, una mujer negra con músculos torneados y nulo español, advierta sus palabras.

Ingreso al inmueble que aloja al comedor y los baños. Compruebo que en esta cárcel los sanitarios no tienen puertas, hay cero pornografía, están prohibidas las películas de cualquier tipo y el café, pero –eso sí– hay mucha mortadela y queso verde porque los nutriólogos le han dicho a Arpaio que eso es suficiente para sobrevivir.

En Tent City sólo se come dos veces al día y sus comidas son las más baratas de todas las prisiones de Estados Unidos: 35 centavos de dólar, poco más de 4 pesos. La sal y la pimienta no existen. Prescindir de ellas, presume Arpaio, le ha representado al condado ahorros por más de 20 mil dólares al año.

Aquí las visitas están prohibidas, la televisión sólo transmite el Disney Channel y el canal del clima, como si fuera necesario saber que mañana el Sol del desierto se sentirá como fuego y la temperatura volverá a acariciar los 50 grados centígrados.

En esta cárcel «hay vacantes», así lo dice un letrero en luz neón parpadeante que Arpaio mandó colocar en lo alto de una torreta climatizada desde donde un corpulento oficial con rifle en mano vigila que alguien no se atreva a trepar la alambrada de alto voltaje.

Mientras recorro la prisión, recuerdo la petición de Juan, el taxista inmigrante originario de Michoacán: «Si lo ve, pregúntele que por qué tanto odio a los mexicanos».

La ley de Joe

Entre los inmigrantes pululan leyendas urbanas que intentan explicar la dureza de Arpaio.

Juan me contó un par: Durante su estancia en México como agente de la DEA, uno de sus hijos habría sido atropellado. Otra versión sostiene que, ya en Arizona, un inmigrante indocumentado entró a robar a su casa.

Más tarde en su oficina en el séptimo piso del rascacielos Wells Fargo en el corazón de Phoenix, Arpaio se ríe de ambas historias.

Lo encuentro detrás de su escritorio hablando por teléfono. Lleva puestos lentes de aumento, viste un traje gris y una corbata roja sobre la cual se ha puesto un pin de una pistola que usa a diario.

Mientras sostiene el auricular me observa con su gesto duro, el mismo de las fotos en los diarios que lo hace parecer permanentemente enojado.

Sobre el escritorio está su último libro: «Joes Law» (La Ley de Joe). Un guardaespaldas negro y de casi 2 metros de estatura se ha quitado el saco dejando ver que lleva un arma en la fornitura colgada del torso.

Me observa detenidamente y abandona la sala.

Mientras el «sheriff más duro de América» se despide de su interlocutor, recorro su oficina de alfombra roja y paredes de madera tapizadas de reconocimientos, trofeos y fotografías, muchas fotografías.

En una aparece tripulando un tanque de guerra rotulado con su nombre en un desfile local. Otro marco exhibe una caricatura a mano de él ataviado en un traje blanco, lleva una escopeta al hombro y con la mano izquierda muestra la placa de estrella con cinco picos.

También hay colgadas tres tablas de castigo como las de la película «Walking Tall», un filme setentero que trata sobre un sheriff incorruptible e intolerante famoso por quebrar algunas leyes para aplicar justicia.

Una placa más reza: «I do it my way» (Yo lo hago a mi manera).

A sus espaldas está un tablero de madera con el mismo letrero en neón que anunciaba que hay vacantes en la torre de vigilancia de Tent City y la agenda que les ha dictado a los reclusos:

«Hoy: Trabajo pesado, cortes de pelo, sandwiches de mortadela, comidas de 35 centavos, televisión educativa, ropa interior rosa, calor de más de 50 grados, prueba antidoping. Prohibido: Fumar, películas, café, revistas de chicas. Si no quieres el castigo, no cometas el delito».

Al fondo veo unas esposas rosas, ésas que se han convertido en souvenirs de la dureza en las tiendas locales, donde se consiguen por 15 dólares, o bien los boxers del mismo color, las tazas, llaveros, gorras y fundas para palos de golf cuyas ganancias son destinadas a la Fundación de Asistencia Juvenil de Arpaio.

Contra una amnistía

Por fin cuelga el teléfono. Una breve presentación y le hago una pregunta que raya en lo obvio: ¿Hay una cacería de indocumentados en Arizona?

«Nosotros no salimos a la calle por personas para preguntarles de dónde son», dice en tono solemne.

Asegura que sus redadas son resultado de investigaciones sobre delitos cometidos por inmigrantes, principalmente robo de identidad; usar un número de seguridad social ajeno para conseguir un empleo.

–¿Tiene algún resentimiento contra los mexicanos?, le pregunto.

«Tengo cuatro nietos mexicanos, uno de ellos con síndrome Down, uno de ellos es negro, mi nuera es hispana», argumenta. «Si fuera racista estaría atentando contra mi propia familia».

Pero el Arpaio de los nietos mexicanos y la nuera hispana no está de acuerdo con una reforma migratoria porque dice que los inmigrantes indocumentados han violado la Ley al cruzar ilegalmente la frontera.

«Estoy definitivamente en contra de una amnistía», dice casi separando la frase en sílabas, como intentando decirme que sus palabras tienen peso.

–Pero usted también es hijo de inmigrantes, le recuerdo.

«Inmigrantes legales», subraya con el índice levantado. «Legales, no ilegales».

Asegura que las ropas rosas que obliga a los reos a usar no tienen otro significado que desincentivar el robo cometido por los reclusos cuando dejaban Tent City.

«Teñimos los calzones (de rosa) y asunto arreglado».

Arpaio está convencido que las carpas que ha colocado no son inhumanas. Incluso compara a Tent City con una cárcel mexicana y dice que la suya gana en comodidades.

«Si usted ha ido a visitar una cárcel en México sabrá que la cárcel de aquí es como un hotel comparado con eso», dice sonriendo y volteando a ver a uno de sus asistentes, que se ríe del chiste del jefe.

Arpaio se tiene que ir, pero la intención de hablar más de él se resume en un póster que ahora mismo extrae de su escritorio y en el que aparece en Tent City ataviado con su uniforme caqui y el dedo índice apuntando a la cámara. Arriba la frase: «Crime never pays» (El crimen nunca paga).

Por iniciativa propia y, como un artista dándole fin a una entrevista, toma un plumón negro, escribe mi nombre en el póster y seguido la frase: «Buena suerte» en español. Imagino que es lo que les dice a todos los que lo visitan.

«Es un bonito souvenir», dice convencido, para después recomendarme comprar sus libros en la tienda del edificio.

Quizá esta polémica Ley SB1070 debería llamarse como su libro: «La Ley de Joe».

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