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La talavera para una decoración muy mexicana

A pesar de que originalmente fue una técnica traída por los conquistadores españoles a América, hoy por hoy esta forma de alfarería que se elabora en el estado de Puebla (ubicado en la zona central de México) posee características propias dadas por las manos de artesanos locales. Su sello particular se evidencia en los diseños usados para su decoración.

«Luego de que los conquistadores les enseñaran a los nativos cómo trabajarla, éstos empezaron a plasmar en sus piezas figuras llenas de color, lo que contrastaba con los diseños religiosos y paisajísticos que usaban los españoles para decorar principalmente las iglesias», explica a Efe Raúl Calvario, jefe de producción del Taller de Talavera Armando, uno de los nueve centros de producción artesanal del estado certificados para vender piezas originales.

Obras auténticas

A decir de Calvario, con más de 20 años de experiencia en la materia y conocedor de toda la historia que envuelve su quehacer, es necesario diferenciar a quienes hacen obras auténticas y los que hacen imitaciones para evitar engaños a la hora de comprarlas.

Es por ello que se creó en 1998 el Consejo Regulador de Talavera, encargado de verificar la autenticidad de estas artesanías, «porque tiene que comprobarse que los productores utilicen las materias primas originales, y que siguen los debidos procesos de la preparación».

«Únicamente estas fábricas pueden llamar a sus obras Talavera, por el holograma especial que les cede el Consejo».

Para otorgar la autenticidad se analizan desde los colores -que son solo seis los que pueden aparecer en las lozas, constituidos de pigmentos naturales- hasta el material de los pinceles con los que se diseñan las figuras.

«Solo en Puebla se encuentran los centros con certificación, ya que aquí inició la tradición y así ha continuado hasta la fecha», apunta con orgullo el artesano.

No así los talleres que venden imitaciones y que utilizan procesos industrializados. Estos superan los 70 y se hallan en toda la geografía nacional.

Casi cinco siglos más tarde, esta cerámica vidriada hecha en suelo mexicano conserva prácticamente el mismo proceso de elaboración que se instauró en la época virreinal.

Sin aditivos

«Todo sigue siendo igual, a excepción de los hornos en donde fundimos las piezas, que antes eran de leña y ahora de fibra de vidrio», cuenta Calvario.

Para su confección, primero se mezcla el barro natural con agua hasta que se asiente y luego se traslada a una cama de ladrillos que absorbe su humedad hasta dejarlo como una plastilina. El barro no contiene aditivos químicos y es hecho a partir de arena negra y blanca. Esta pasta se deja secar a la sombra por tres semanas.

«De ahí -relata el artesano- se extiende el barro en el suelo y se amasa con los pies para despojarlo de burbujas de aire»; después se introduce en bolsas de plástico.

El amasado continúa en una plancha de concreto, donde se pulen y se van moldeando las piezas torneadas a mano, proceso que demora otras tres semanas.

Al cabo de este tiempo, se han aclarado las piezas y lo que sigue es el secado en grandes hornos, «donde se evapora la materia orgánica y las obras tienen su primer cocimiento; tarda tres horas y queda de un tono color rojizo», explica Calvario.

El siguiente paso consiste en un baño de esmalte, para dar el acabado vidrioso, y una vez esmaltado se empieza a pintar. Es entonces cuando se vuelve a meter en el horno para su segundo cocimiento y se termina cristalizando a una temperatura mayor a los 1000 grados Celsius.

Los resultados, de un aspecto vítreo color blanco marfil, se exhiben luego en las estanterías de tiendas y talleres, aunque también se realizan piezas por encargo.

«Es un orgullo ver cómo se mantiene la tradición porque es algo que nos representa como poblanos a nivel nacional y mundial», confiesa el artesano.
Y agrega: «Es una alfarería muy bonita, aparte de que a la gente nuestra le gusta mucho hacerla».

Innovaciones

Alfredo Torres, guía de turistas de la Secretaría de Turismo del estado de Puebla, explica que el valor real de esta artesanía se deriva de las innovaciones que hicieron los nativos al apropiarse de su creación.

«La mayólica se enriqueció aquí por los colores y las técnicas aplicadas por los indígenas que la empezaron a trabajar y pusieron su sello particular a estas maravillosas creaciones».

Torres es de los guías que ofrecen visitas a diferentes talleres y narran el proceso de elaboración al turista.

Por el buen barro existente en esta entidad, y las buenas manos que se dedican a trabajarla, en talavera se hacen grandes obras de arte, asegura el guía turístico.

Esto explica por qué el turismo nacional y extranjero al conocer esta historia se sienten atraídos por estos artículos que otrora se solían utilizar para fachadas de casas coloniales, conventos y templos.

Actualmente, en cambio, cobran nuevos usos decorativos para el hogar en sus múltiples formas, ya sean vajillas, fruteros, lámparas, tibores, murales, vasijas, letras y números para señalizar domicilios, entre otras.

Si bien se considera que el origen de este arte surge en China, donde comenzó el vidriado de la cerámica, fue desde España, a través de la isla de Mallorca, que se dio a conocer internacionalmente, pero con el nombre de «mayólica», en alusión al territorio insular en el que se producía para entonces.

«Lo que ocurrió fue que luego, según la tradición oral, artesanos españoles de Talavera de la Reina, en Castilla, se empezaron a apropiar de este arte», señala Torres.

Estos últimos fueron los que la adoptaron y la bautizaron como «Talavera», denominación que sigue vigente en nuestros días y que en Puebla le suman su gentilicio para hacer referencia a su origen.

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