<!--:es-->La Visita a María
…Una verdadera historia de Navidad!<!--:-->

La Visita a María …Una verdadera historia de Navidad!

Escrita por Nancy Reil Riojas
San Pedro Street
1959 San Antonio, Texas

Cuando yo iba a visitar a María quien era la mejor amiga de mi madre, era siempre muy divertido hasta el día más frío del año el cual era el sábado anterior de navidad de 1959. Nosotros llevábamos abrigos largos y muy bien abotonados pero el viento frío continuaba dándome escalofrío cuando soplaba entre mis piernas.

Cuando caminábamos ella me tiro` mi mano. Yo volteé mi cabeza para mirar a una familia que estaba arrastrando su árbol de navidad por la puerta principal de la casa. Después de caminar una milla, mi madre paró y se agachó para amarrarme nuevamente el cordón de la capucha mientras que me decía “¡Apurate!” “Solo tenemos cuatro cuadras más para llegar.”

Yo vi en su cara una mirada decidida y también las lagrimas que le caían por sus mejillas. Entonces, ella caminó más rápido lo cual me hizo correr.

María vivía en un apartamento de una casa vieja de dos pisos en la calle San Pedro. Mi madre dijo que el padre de María había ayudado a construir la casa no mucho después de la Guerra Civil. Finalmente, caminamos más despacio cuando llegamos a la entrada de la casa que era larga, de madera y podíamos oler que había sido pintada recientemente. Mis ojos seguían las columnas anchas y circulares con curvas decorativas que se encontraban con el techo de la entrada y median treinta pies de altura. Mi madre cogió la manija de la puerta y abrió la vieja y chirriante puerta que era más grande que la puerta de nuestra iglesia. Caminamos por el corredor oscuro, donde habían poinsettias, mientras nuestros zapatos sonaban en el piso brillante de madera. Yo cogía cada varilla que eran gruesas y firmes mientras subíamos las escaleras, donde el olor de madera vieja era más intenso. Había tapete en el centro del largo corredor el cual permitía caminar sin hacer ruido.

Mi madre le dio vuelta al timbre que sonaba como el timbre de una bicicleta. María Martinez abrió la puerta y llevaba puesto un delantal de navidad que recuerdo que mi madre se lo había dado hace años. Había pasado casi un año desde que había visto a María, pero para mi, ella había envejecido mucho más. Mi madre siempre decía “Ella se las arregla bien para tener ochenta y nueve años.”

Nunca hubo nadie quien abrazaba a mi madre como María lo hacia. Una vez que nos quitamos los abrigos y sus ojos se encontraron, fue como si yo no estuviera allí. En solo momentos, me di cuenta que eso estaba bien; entonces mi madre empezó a llorar, y rápidamente, María acarició el hombro de mi madre y se la llevó para la cocina.

Yo podía escuchar a mi madre llorando y contándole a María en español sobre el disgusto que ella y mi padre habían tenido la noche anterior. Durante su conversación, mi madre reiteraba que no era feliz viviendo con mi padre. Entendiendo los dos idiomas, español e inglés, no tenia otra opción que escuchar y al mismo tiempo la tristeza se enterraba en mi pecho. Con mis manos juntas las puse detrás de mi y despacio fui a la sala de recibimiento para alejar mis pensamientos del dolor por el cual mi madre estaba pasando.
Todas las veces anteriores, María se aseguraba que la niña pequeña de los McAllister que vivían en el mismo corredor, estuviera allí esperándome para jugar……pero hoy no. Me paré mirando fijamente su árbol de navidad, y pensé para mi misma, “Ahora, ¿que va a hacer una niña de diez años en el apartamento de una señora de ochenta y nueve años? Hice lo único que podía hacer, dejar que mis ojos fueran en una aventura en la sala de recibimiento de María y fue una gran aventura.

En comparación con nuestra casa, no había comparación; había algo diferente y único sobre la casa de María Martinez. Todo alrededor era casi como un museo…..sin embargo exhibido en una forma apropiada y ordenada. Porque mis ojos estaban al nivel con los cajones de la vitrina, estudié muy de cerca el complicado tallado de sus vitrinas antiguas que llegaban hasta sus pies. Sus mesitas de la sala, la mesa de centro, y las lámparas de cristal que deslumbraban los ojos, eran algo que nunca había visto. Poco a poco llegué a la parte más retirada de la sala de recibimiento donde María orgullosamente exhibía fotografías de los rostros de sus seres queridos los cuales tenían orillos de un lazo delgado en la parte trasera del marco de vidrio. Y las fotografías se encontraban en filas de medio círculos y agrupadas sobre su organeta.

Entre las muchas fotografías, una en especial estaba llamando mi atención….una fotografía de mi madre y mi padre con las mejillas juntas, sonriendo y abrazados. Muy emocionada, mi corazón empezó a palpitar. Muy despacio puse mis manos al frente y con mucho cuidado cogí la a mis padres que se encontraba entre todas las otras. Sentí que me llevaron a otra época y otro sitio mientras estaba parada mirando fijamente sus caras…Yo estaba deseando….y tenía la esperanza.

A través de la rendija de la puerta de la cocina, de vez en cuando, yo miraba a María y a mi madre con disimulo mientras abrazaba fuertemente la fotografía. Manteniendo la mirada en mi madre, María saco dos tazas de su chinero de vidrio pero se le cayó una cuando mi madre dijo “Yo quiero dejarlo; empaqué esta mañana, pero tengo mucho miedo de no sobrevivir por mi misma.”

En ese momento tan alarmante, me fui para continuar con mi aventura y estudiar en más detalle el adornado de las lámparas de aceite que tenia María. Las lámparas se encontraban entre ornamentos y brillaban como prismas en la luz del día que reflejaban por la ventana de su sala de recibo.

Una hora más tarde, ya no escuchaba la conversación; entonces, muy nerviosa fui hacia la rendija de la puerta. Mi ojo seguía a María cuando recogía la cafetera de la estufa Chambers y dijo en español “Felicidad, tienes que pensar en tus hijos. ¿Cómo podrán vivir sin ti? Una buena madre nunca deja a sus hijos.”

Después de unos momentos de silencio, me paré en la puerta de la cocina mientras lloraba suavemente. María estaba sorprendida cuando me vio…..ya que había olvidado que yo había venido.
“Nancy, querida, todo va a estar bien. Ven y te sientas con nosotras y te preparo chocolate caliente.”
En esos momentos, yo fui despacio hacia la mesa en la cocina, no encontré valor para preguntarle a María si podía quedarme con la fotografía de mis padres. Leyendo mis pensamientos, ella me miró a los ojos y dijo “Esa fotografía te pertenece a hora.”

Mi madre y yo nos paramos en el anden y levantamos nuestras cabezas para ver a María parada en la ventana de su sala de recibimiento diciéndonos adiós, mientras que una familia pasó de prisa por el lado de nosotras con los brazos llenos de regalos de navidad. Mi madre se sonrió y se agachó para amarrarme el cordón de la capucha, y me dio un beso en la mejilla. Ella caminó más despacio y más calmada y entonces me tomó de la mano……mientras yo abrazaba la fotografía de mis padres todo el camino hasta la casa.

Hoy, cincuenta y dos años después, esa fotografía se encuentra en mi sala de recibimiento. La sala se ve un poco como la de María, llena de antigüedades raras de más de cien años, todas las cosas están en perfecta orden como María tenia las suyas. Esta apreciación a las antigüedades se la debo a ella; sin embargo, por lo que estaré en deuda por siempre con María es por mantener a mi madre con los cinco de nosotros juntos durante esa gozosa navidad de 1959.

U.S. Copyright Washington, D.C. Literary Works by Nancy Reil Riojas 2010

ENGLISH:

VISTING MARY

A True Christmas Story
By Nancy Reil Riojas
San Pedro Street
1959 San Antonio, Texas

Whenever I went along, visiting mother’s best friend Mary was always fun until the coldest day of the year, the Saturday before Christmas in 1959. We were buttoned tight in our heavy, full length coats, but the cold wind still made me shiver when it blew up around my legs.

As we walked she pulled my hand. I twisted my neck while I looked back to watch a family drag their Christmas tree through their front door. After the first mile, “Hurry up,” mother said as she stopped and bent down to retie the hood cord under my chin. “We only have four blocks to go.”
I saw the determined look on her face as well as the tears that flowed down her cheeks. Then she briskly walked, forcing me to run.
Mary lived in an old two story apartment house on San Pedro Street. Mother said Mary’s father helped build it not long after the Civil War. Finally, we slowed down when reaching the long, wooden front porch which we could smell had recently been painted. My eyes followed the wide, circular pillars with ornate curves that met with the porch ceiling thirty feet up. Reaching for the handle, mother opened the aged, creaking door which was larger than our church’s. We walked down the dark hallway, lined with poinsettia plants, as our shoes “clanked” on polished hardwood floors. I grabbed each fat,
sturdy spindle while we climbed up the staircase, where the smell of old wood was more intense. Carpet affixed in the center of the long
hall allowed a soundless walk.
Mother twisted the doorbell that sounded like a bicycle bell. Mary Martinez answered the door wearing her Christmas apron that I remembered mother gave her years ago. It had been almost a
year since I saw Mary, yet to me, she aged so much more. Mother often said, “She gets around good for eighty-nine and holding.”
No one ever embraced my mother quite like Mary did, long and meaningful. Once we removed our coats and their eyes really met, it was as if I was not there. In just moments I felt that was okay; then mother started to cry, and quickly, Mary caressed mother’s shoulder and escorted her into the kitchen.
I could hear mother softly crying and telling the story in Spanish of the bad argument she and father had the night before.
During their conversation, mother reiterated that she was not happy living with father. Understanding both English and Spanish, I had no
choice but to listen as sadness burrowed into my chest. With hands together behind my back, slowly, I stepped into her parlor to further
my mind from mother’s pain.
Every time before, Mary made sure the McAllister’s little girl from down the hall would be here waiting to play with me ….. but not today. As I stood staring at her Christmas tree, I thought to myself, “Now, what is a ten year old to do in an apartment of an eighty-nine year old lady?” I did the only thing I could do, allow my
eyes to go on an adventure in Mary’s parlor and what an adventure it was.
In comparison to our home, there was no comparison; much was uniquely different about Mary Martinez’ home. Her surroundings were almost museum-like ….. yet showcased so prim and proper. In as much as my eyes were level with the cabinet drawers, I closely studied the
intricate carvings of her antique cabinets, all the way down to their feet. Her side tables, coffee table, and crystal lamps that dazzled
the eye were unlike any I had ever seen. Little by little, I made my way to the far side of the parlor. Proudly displayed, her photos of
loved ones’ faces were bordered with fine lace behind the beveled glass frames. And then in rows of half circles, they huddled on top
of her organ.
Among the countless grand frames, one suddenly reached out to me …… a picture of father and mother cheek to cheek, smiling and hugging each other. So thrilled, my heart started pounding. I
brought my hands slowly forward from behind my back and carefully reached over and between the others to grasp my parents. I felt they
took me to another time and place while I stood staring into their faces. ….. I was wishing …… and hoping.
Through the crack in the kitchen door, I would peek in on them from time to time while I tightly embraced the picture. Keeping her eyes on mother, Mary reached for two cups in her glass door cupboard but dropped one when mother said, “I want to leave him; I packed this morning, but I’m so scared I won’t make it on my own.”
At that alarming moment, I walked away to continue on my journey to study more details on her ornate oil lamps that sat among ornaments.
An hour later, I could no longer hear conversation; then I nervously walked to the crack at the door. My one eye followed Mary as she picked up the coffee pot from the Chambers stove and said in Spanish, “Happiness, you need to think of your children; how could they live without you? Good mothers never leave their children.”
After a few moments of silence, I stood in the kitchen doorway, gently weeping. Mary looked surprised when she saw me ……..as she forgot I came along.
“Nancy, dear, everything’s going to be OK. Come and sit with us and I’ll make you some hot chocolate.”
During the moments I slowly walked toward the kitchen table, I searched for courage to ask Mary if I could have her picture of my parents. Reading my thoughts, she looked into my eyes and said, “That picture belongs to you now.”
Standing on the sidewalk, we looked up to see Mary in her window, waving, while a family with arms full of Christmas packages rushed by us. Mother smiled at me then bent down, tied the hood cord under my chin, and kissed my cheek. She walked slower and calmer then took my hand ……… while I hugged their picture all the way home.
Today, fifty-two years later, that picture sits in my parlor. Looking somewhat like Mary’s, my crowded parlor reveals rare, 100 year old items, all prim and proper. I attribute this appreciation for antiques to her; however, more important I will be forever indebted to Mary for keeping mother with the five of us …. on that joyous Christmas in 1959.

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