Lo que dejó atrás una familia que huyó de El Salvador por la violencia

Lo que dejó atrás una familia que huyó de El Salvador por la violencia

Lo que dejó atrás una familia que huyó de El Salvador por la violencia

Visitamos la casa abandonada de una familia de seis personas que huyó del municipio salvadoreño de San Juan Nonualco por miedo las pandillas. El padre, la madre y cuatro hijos —que por razones de seguridad no pueden ser identificados— escaparon de El Salvador tras la desaparición del mayor de los hijos, de 17 años. La familia sospecha que fue asesinado y que su cuerpo yace dentro de un pozo cercano a la vivienda que dejaron. Los seis miembros de esta familia recibieron el estatus de refugiados en México en octubre de 2017. En el caserío quedaron todas sus cosas, y quedó la abuela, acompañada de unos pocos familiares.
La abuela llora en su casa en una zona rural de El Salvador. Ni ella ni los miembros de su familia que siguen aquí pueden salir a trabajar. Viven con constante temor a las amenazas y la muerte. “A nosotros nos ha pasado de todo. Solo falta que nos muramos ya”, solloza, describiendo palizas, “pero que no sea así, ¿verdad? Cruelmente”.
La cama donde dormía el padre de la familia, fuera de la casa que abandonaron de un día para otro. El padre dejaba que sus hijos durmieran dentro de la casa, demasiado pequeña para todo, para protegerlos: ser joven en El Salvador significa ser objeto de reclutamiento de las pandillas. Después de que el hijo de 17 años desapareciera y nunca encontraran el cuerpo, al padre de familia le amenazaron con que tenía que entregar al siguiente hijo, de 13 años, a la mara. Más de la historia de este padre y esta familia en esta animación.
La abuela puso un candado para cerrar la puerta de la humilde casa donde la familia vivía después de que vinieran los ladrones. “Dejé mi casita con todo y hasta las cacerolas se llevaron”, dice el padre de la familia. “¡Salimos así como estamos! Tres primero y los otros tres, después, con bolsitas plásticas, chiquititas, una cobijita para arropar al niño nada más”.
Los tacos de fútbol del nieto desaparecido. La familia sospecha que lo asesinaron y su cuerpo yace en el fondo de un pozo vecino.
El pozo, a poca distancia de la casa abandonada, fue sellado por orden de la Fiscalía después de que vecinos denunciaron que olía a muerto y había cadáveres dentro.
Uno de los hijos de la abuela fue golpeado en su casa durante un allanamiento de la policía. “A ellos los golpearon, los tiraron al suelo, les ponían una cosa que tiene electricidad”, explica su madre. “Venían uniformados, pero también los pandilleros así andan, uniformados, pues para que la gente salga y solo la matan”.
La puerta de la casa abandonada tiene dibujos hechos por las niñas. “Se han ido obligados por salvar la vida de sus hijos, y las de ellos mismos también. Es duro ver a sus hijas, sus nietos que se van”, dice la abuela.
Al padre de familia le encantaba la música de Los Tigres del Norte y la abuela guarda sus CDs. “Los Tigres del Norte siempre cantan la verdad”, dice el padre dese México, donde a la familia le han otorgado refugio.
Los utensilios de trabajo del padre. La familia se ganaba la vida con la recolección y venta de fruta.
Las bicicletas de los hijos, abandonadas al lado de la casa.
Una cuerda deshilachada cuelga fuera de la puerta de la casa abandonada. Ya hace más de un año que la familia se marchó.
La abuela tiene estampas de Monseñor Arnulfo Romero y La Santísima Trinidad bajo la luz de una vela, las 24 horas del día. Desde que su hija, su yerno y sus nietos se fueron, ya ha recibido numerosas amenazas de pandilleros para que revele el paradero de sus familiares. “Para mí, pues, están lejos, pero están vivos”, dice, sin esperanza de volver a verlos.

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