<!--:es-->Lo extraordinario de San Diego
…Cuando lo común y corriente se convierte en extraordinario<!--:-->

Lo extraordinario de San Diego …Cuando lo común y corriente se convierte en extraordinario

San Diego, Estados Unidos.- Un viaje con el regreso programado es tan sólo un aperitivo, y aún así el viajero no debiera tomarlo a la ligera pues, además de refrescar sus sentidos, algunas de las mejores experiencias aguardan tras las «escapaditas» de lo cotidiano, como mi viaje a San Diego.

Somos muchos los que sufrimos una vida cotidiana en la que las ojeras y la gastritis son síntomas de una cultura laboral que nos enferma, y que un buen viaje puede sanar.

Sacrificamos cuerpos y mentes para honrar a dioses ocultos detrás de necesidades que suelen atender, aun más que a la supervivencia, a un alta expectativa.

Algo muy diferente, pero a la luz de los detalles increíblemente similar, debió haber vivido en su niñez Miquel Josep Serra i Ferrer (Fray Junípero).

«Si quieres viajar y conocer el mundo tienes dos opciones», debió haber aprendido una buena tarde de verano, mientras miraba las olas discurrir más allá del horizonte de su natal Mallorca, «ser rico o emitir los votos religiosos».

Siendo su cuna de modestos labradores, la decisión le habrá parecido sencilla, por lo que desde los 15 años comenzó sus estudios en el Convento de San Francisco de Palma, y ya en 1749 desembarcó del otro lado del mundo para iniciar su viaje a pie desde Veracruz hasta su tumba en Monterey, California.

Para romper con la rutina, como lo hizo fray Junípero Serra, la opción es una: tomar la decisión.

Para ello, la fe es un motor poderoso como lo demostró este gran viajero, pero no hay que menospreciar el poder de la curiosidad, ya sea por descubrir lo que radica fuera, más allá del horizonte, o lo que uno lleva dentro y que te permite volver a sentirte cómodo con la propia compañía.

TERRITORIO K

Debo pasar por alto los pormenores de la incursión del misionero franciscano a la Sierra Gorda queretana, de la entrañable relación que estableció con sus habitantes y de las suntuosas misiones que fundó y hoy otorgan tanto orgullo a la nación.

Omitiré también su traslado, y el mío, por tierras apaches hasta llegar a California; lo que no debo pasar por alto es cuando te encuentras al fin allí, en San Diego.

El aire humedecido por el mar hincha tus pulmones con bondad, recordándote la importancia de respirar profundamente, sin prisa por contestar el teléfono o por vivir una vida destinada a la muerte.

Es allí, en San Diego, donde el grupo de indígenas kumeyaay (kumiai) serenamente recolectaba bellotas, cazaba conejos y vestía con pieles de nutrias y venados hasta la visita de una centena de españoles guiada por el luso Juan Rodríguez Cabrillo en 1542.

Allí, en donde al inicio del siglo 17 se celebró la primera misa en honor de San Diego de Alcalá, y en lo que hasta entonces se llamó la aldea Nipaguay, hoy se mantienen los restos de una de las nueve misiones fundadas en California por Junípero Serra i Ferrer.

Fue la capital de la región hasta que se redefinió el dominio del territorio en 1848. Hoy, también, tres de cada 10 habitantes hablan de nuevo el castellano, y tanto los barcos de guerra como las grandes corporaciones de biotecnología y comunicación conviven con mercados de granjeros y grupos de rubias en patines como salidas de una caja de muñecas.

LO ORDINARIO EN LA GRANDEZA

Son los pequeños detalles. Las características de su luz. El ritmo de la urbe que vive de frente al Pacífico. Un parque con las características del vergel: Balboa, el «Parque Central» de los sandieguinos, nombrado así en honor del explorador Vasco Núñez de Balboa.

La «madre» y propulsora del parque fue Kate Sessions y tuvo la visión de regalarle a sus vecinos la delicia de disfrutar de tal variedad vegetal.

Éste es uno de los lugares más antiguos dedicado al uso recreativo público, y brinda al viajero la posibilidad de perderse por exuberantes senderos y bulevares decorados con arquitectura inspirada en el recuerdo; ahí también se puede disfrutar de foros y museos que exploran al hombre, su contexto y sus manifestaciones desde las más diversas miradas.

Ya luego pasear por el barrio de las Lámparas de Gas fue como habitar en un sueño húmedo art déco; uno repleto de tiendas, hoteles y restaurantes donde las hamburguesas, las cervezas de barril y los helados son motivo de orgullo, y con justa razón.

Pasar la noche con el arrullo de la Playa del Pacífico, cobijado por sus casas de madera, las altas palmeras y un ambiente derivado de su fuerte arraigo a la cultura del surf, te hace pensar que la costumbre suprime nuestra capacidad de asombro.

Habitar los diversos barrios de esta ciudad y mirar a sus habitantes, acostumbrados a mantener la boca cerrada, aunque a uno le cueste trabajo, es muy interesante.

De cuando en cuando el pasto del vecino se muestra más verde, pero con los ojos del viajero, incluso lo más común puede resultar extraordinario, y entonces es posible apreciar y valorar a la distancia lo que frecuentemente consideramos como algo común y corriente. Con esos ojos podemos hacer de nuestra propia existencia algo extraordinario.

Toma nota

– Las playas de la ciudad de Coronado, vecina de San Diego, fueron reconocidas como las mejores de Estados Unidos, superando a las de Hawaii. Ahí está el famoso Hotel del Coronado, de 1888 (www.hoteldel.com). Si lo que quieres es aprender a deslizarte sobre las olas del mar y vivir el estilo de vida que tienen los que viven para el surf te encantará hospedarte en los hostales frente a la Playa del Pacífico (PB) y la Bahía Misión www.hostelworld.com

– Si tu antojo se encamina más hacia la historia de la fundación de la Ciudad, el barrio de las «Lámparas de Gas» ofrece una gran variedad de galerías, boutiques, restaurantes de autor y hoteles, dentro de los cuales destaca el histórico The US Grant.
www.usgrant.net

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