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Los hispanos, ¿somos buenos vecinos?

La madrugada que escuchó el canto de un gallo, un sonido completamente inusual en su vecindario del condado de Prince William, en Virginia, a media hora de Washington, DC, la uruguaya Virginia Paríz dijo “basta”.

Una semana antes, una ga-llina había “irrumpido” en el jardín de su casa, durante la fiesta de cumpleaños de su hijo de 7 años. “Fue embarazoso”, contó Paríz, “los invitados se espantaron y algunos niños se asustaron tanto que comenzaron a llorar, otros querían cazar al ave”. A pesar del desastre, en ese momento decidió no hacer nada.

Pero el cacareo matinal fue la gota, o la nota, que colmó el vaso. La mujer presentó una denuncia contra sus vecinos de la casa de al lado, hispanos también, quienes tenían en el jardín un corral con unas siete aves.

Así, en julio de 2007, salió una vez más a la luz pública una pregunta controversial: ¿somos los hispanos considerados buenos vecinos?

En Prince William, un condado que ha estado recientemente en el ojo nacional por haber votado duras leyes contra la inmigración sin papeles, ha habido en lo que va del año más de mil denuncias contra vecinos, que van desde la crianza de aves de corral en los patios traseros hasta la más usual por ruidos molestos. Aunque los informes oficiales no clasifican al objeto de la denuncia por franja étnica, se estima que al menos el 70 por ciento de éstas han sido contra latinos.

“Hay que tener mucho cuidado, porque si bien algunas denuncias son por razones reales, otras veces esconden la desconfianza y la discriminación hacia el hispano”, explicó un activista de la organización Mexicanos Sin Fronteras, que realiza trabajo pro inmigrante en la zona.

Por supuesto, el caso de los animales es extremo. La sargento Erica Hernández, enlace latino en la Policía del condado, consideró que lo más frecuente cuando de hispanos se trata son las denuncias por ruidos molestos. “Al menos uno de cada tres llamados son por reclamos por el volúmen de la música del vecino”, aseguró.

Pero agregó que hay más de mito que de realidad sobre los ‘riesgos’ de tener latinos como vecinos. “En la mayoría de los vecindarios del área conviven distintos grupos en buena armonía. Creo que ciertas personas que no terminan de adaptarse a la diversidad de este país son los que hacen correr historias descabelladas sobre los vecinos hispanos”.

Un estudio realizado por el Departamento de Vivienda de Virginia analizó las disputas entre vecinos en los últimos diez años, y observó un incremento importante de las violaciones a los códigos de vivienda. También halló un aumento importante en aqué-llas relacionadas con el número de personas que viven en una misma casa, fenómeno que también se adjudica a la comunidad hispana.

“En una casa de esta cuadra con tres cuartos viven ocho personas”, asegura Shirlin Hamilton, residente en Seven Corners, también en Virginia. “Hacen mucho ruido y generan un problema con los espacios públicos para estacionar porque tienen seis autos afuera”, remarca la vecina indignada.

El problema por las aves de corral parece no reconocer de límites estatales. Aunque en otras partes del país las motivaciones son distintas.

En Fort Lauderdale, Florida, un cubano llamado Ricardo, quien prefiere no dar su apellido, es babalawo (sacerdote) de la religión afrocubana y está en medio de una batalla vecinal que ya lleva años con los dueños de la casa aledaña a la suya porque cría ga-llinas, gallos y pollones para utilizar en rituales religiosos.

““Nuestra religión está oficialmente permitida en este país””, explica Ricardo. ““Y si lo que ha-cemos lo hacemos en los límites de nuestra propiedad nadie tiene por qué decirnos nada””, desafía. Aunque admite que no hay peor cosa que sentir que tu vecino te detesta. ““Hasta he pensado en mudarme para otra parte””, se lamenta.

Según el antropólogo Ulf Hannerz, profesor de Antropología Social en la Universidad y Estocolmo, en Suecia, y autor del libro ‘Explorando la ciudad’, cuando se están construyendo comunidades nuevas -en Estados Unidos se conoce como ‘vecindarios en transición’- existe un miedo que es casi primitivo que se denomina en la jerga “el miedo a la otredad”.

En defensa de su comunidad, Arlina Pérez Soldado —quien es originaria de Guatemala y vive en Prince William hace diez años— asegura que, cuando de latinos se trata, siempre se ve la parte vacía del vaso. “

“Todos los vecinos hispanos de mi área tenemos nuestras casas muy cuidadas, el césped cortado, los jardines llenos de flores. Venimos a darle color y vida a esta comunidad y nadie ve eso”, asegura. “No nos pueden juzgar por casos aislados que, por cierto, también se presentan con otros grupos raciales””, enfatiza.

Pero parece ser que esta actitud negativa es la que manda en la Junta de Supervisores del condado que hace pocos meses votó de manera unánime una norma que indica que los vecinos que violen códigos de vivienda, y críen gallinas en sus jardines, deben ser desalojados o duramente multados. Muchos vecinos reclamaron esta decisión, argumentado que las aves de corral pueden perfectamente ser consideradas como mascotas, es decir, animales domésticos.

Y esto son exactamente para Leibi Rodríguez, residente de Dale, en el mismo condado, quien cuenta que su hermano compró un gallo porque le hace acordar a la granja en donde vivía con su abuelo en El Salvador.

Sin dudas, todo depende del cristal con que se mire. Porque, como remata la sargento retirada Jim Lovett, vecina de la zona, “estos animales alteran nuestra calidad de vida. Además, dice: “la ley es la ley y si quieren tener gallinas, que se compren una granja”.

Finalmente, la uruguaya Paríz resolvió la disputa con sus vecinos sin necesidad de abogados ni cortes: las gallinas fueron paulatinamente convirtiéndose en cenas familiares y la mujer aceptó “tolerar” un solo pollito, una de las niñas estaba muy encariñada con él. Pero de ninguna manera al gallo cantor.

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